Hay un trasatlántico en Ávila

Ávila, puerto de mar

Ávila siempre ha estado lejos de todo. Ya estaba fuera de las principales vías de comunicación de la época romana, y su altura (1150 metros) tampoco favorecía un gran asentamiento durante la época musulmana, así como su extremadamente pobre tierra, apta para la cria de vacuno (el famoso chuletón) y las afloraciones rocosas, que como saben no se pueden comer.

Era una “villa de frontera” entre la zona cristiana y la de adoración a Alá, objeto de pillajes, alguno ilustre como el de Almanzor en el siglo X. Sin embargo, la estrategia subyacente en esa etiqueta llamada “Reconquista” incluía políticas de repoblamiento y asentamiento de población en los territorios re-conquistados, lo que favoreció el auge de Ávila a partir del s. XI.

Empezó Fernando I y después Alfonso VI, que aseguró definitivamente lo que venía siendo el llamado “desierto estratégico”, que no era más que la amplia franja entre el Duero y el Tajo. Ahí Ávila empieza a ser clave en la siguiente expansión al sur, como la importantísima toma de Toledo en 1084, donde sirvió de cabeza de puente.

A mediados del s. XIII, Ávila tiene 19 parroquias -es un índice de medición de la riqueza- y una considerable población cristiana de origen vasco, cántabro, franco y castellano, además de los consabidos mudéjares, musulmanes y judíos. La antigua sinanagoga, irreconocible, es ahora un hostal barato.

Ávila es, por tanto, una ciudad de origen militar con importante función eclesiástica: en pocos sitios se ve un ejemplo tan claro, al estar la catedral fusionada con la muralla, ya que se construyeron al unísono, aunque el templo religioso no se acabó hasta el siglo XV, y aún así faltó dinero para la segunda torre: el centro del poder peninsular ya había dejado atrás ese “desierto estrátegico”, primero por el fin de la Reconquista en Andalucía, y luego por la expansión a América.

Vistas desde la cafetería

Las murallas que dan fama universal a Ávila comenzaron a construirse en el s. XI por Raimundo de Borgoña (¡ay los francos, la mitad de la Península tiene su sangre!), yerno de Alfonso VI, y cubren una superficie de 31 hectáreas con forma de cuadrilátero irregular (900 x 400 metros, un perímetro de casi 2´5 km), con 88 torres, nueve puertas y, al final del siglo,  6.000 personas, con un importante espacio dedicado a la ganadería y la agricultura para sobrevivir en caso de asedio.

Ahí acaba Ávila. Las numerosas fundaciones de conventos y monasterios -en parte para dar “ocupación” tras el fin de las empresas militares-, tan típico de ciudades castellanas, son un buen ejemplo de lo que se conocerá como “ciudad conventual”, que en Ávila alcanza su éxtasis particular con la vida y obra -por este orden- de Teresa de Cepeda y Ahumada, y San Juan de la Cruz, pero la ciudad y su importancia ya habían acabado hace siglos.

La Revolución Industrial dejó en Ávila una línea de tren que, a pesar de la relativa cercanía a Madrid -apenas 100 km.- era un espejismo de comunicación por el importante sistema montañoso a superar, y porque después de Ávila la siguiente estación en importancia en esa línea era Salamanca, y para eso no se hace un tren. El tren entendido como factor de progreso, como en otras partes de España, no hizo parada en Ávila, que vivía su existencia entre bostezos y una castellanidad eterna. Por inamovible.

Es en este tipo de ciudades donde se pueden ver fácilmente los hitos de la historia de España plasmada en sus construcciones, y ¿qué mayor hito reciente que los 15 años de Despilfarro? En Ávila, además de los numerosos carteles de instituciones públicas carentes de contenido que adornan la ciudad, los 15 años de orgía de gasto incontenido han dejado un curioso transatlántico llamado Centro Municipal de Exposiciones y Congresos de Ávila.

Emplazamiento urbano. Nótese el aparcamiento y el picadero

El juguetito, con el que toda ciudad ha querido contar en estos últimos años, es un magnífico edificio -nada de ironía aquí- construido por el notable arquitecto navarro Patxi Mangado, que consiguó la fama con otro edificio de características similares construido en su Pamplona, llamado Baluarte. Una cereza tira de otra cereza, y como en el caso de otros arquitectos que, habiendo logrado un encargo importante se especializan en este tipo de obras que les dio la primera fama, Mangado fue a ganar -no digo que lo escogiesen a dedo porque en Ávila quisiesen tener un centro igual que el pamplonica, no- limpiamente un concurso internacional con un gran, gran proyecto.

El primer gran es por la dimensiones, sobre las que abundaré más adelante. Y el segundo gran es porque el edificio resultante -ya lo era el proyecto, aunque al final se ha prescindido de la pasarela sobre  el río Adaje- es muy bueno, como mucha de la arquitectura realizada en España en estos 15 años de desenfreno.

Situado en los antiguos terrenos al noroeste del alfoz de Ávila, extramuros pero pegado a los mismos y sólo separado por la carretera por la que suben casi anualmente los ciclistas en una de las llegadas más famosas de la Vuelta, el edificio logra no ser intrusivo, al moderar la altura -sólo tiene dos plantas en altura y las dos cajas escénicas, más otras bajo rasante aprovechando la pendiente que baja al río y continua el otero donde está situada Ávila-, se extiende a lo largo y está realizado de manera noble, con un gran muro corrido de cristal que evita el “efecto muro” de las edificaciones mastodónticas. Muy de Piacentini, si me permiten la osadía.

El momento “guau, soy un arquitecto y hay que impactar” (especialmente al jurado-político que me va a encargar la obra) lo deja muy moderado, con un cubierta-escultura de perfiles irregulares que hace de tejado para la sala de exposiciones, un volumen enterrado que se adosa al rectángulo de la edificación principal. El edificio es muy bueno, especialmente en su integración con el paisaje.

Área de exposiciones, muy adecuada a Ávila

Los problemas vienen con el gigantismo y la poca adecuación del proyecto a la realidad de su emplazamiento, uno de los males de estos 15 años. Y ha sido, como todo, por voluntad política. Según la presentación firmada por Juan Jose Vicente Herrera, el casi analfabeto presidente vitalicio de Castilla y León, estamos ante “un proyecto que tiene la entidad de las grandes obras arquitectónicas capaces de convertirse en símbolos de una ciudad, y de contribuir como parte protagonista en su crecimiento, desarrollo y futuro”.

Vamos, que querían un Guggenheim, entendiendo por esto no un “edificio arrugado” -estamos en Castilla, señores-, sino un “edifico estrella” que, por algún poder mágico -digamos místico en homenaje a Santa Teresa- logre lo que esta ciudad castellana no ha logrado en siglos y siglos de apatía, siesta y amargor.

“Se dota a Ávila de un instrumento más que propicia su desarrollo, que contribuye a hacer ciudad, y siempre tratando de respetar el complejo equilibrio entre modernidad y tradición, difícil de lograr en ciudades como la abulense, tan ricas arquitectónicamente”, según el Consejero de Fomento de la Junta de Castilla y León en el momento de la adjudicación e impresión de los folletos de propaganda, Antonio Silván Rodríguez.

Proyecto original, con la pasarela sobre el río

El “complejo equilibrio” sería más bien el de una Comunidad Autónoma pobre por naturaleza y mentalidad, envejecida a niveles insostenibles, y que no ve más elemento de progreso que enterrar decenas de millones de euros en un proyecto del que les paso las características tipológicas, para que se pasmen:

18.900 metros de superficie construida. Una plaza de entrada digna de Albert Speer -sí, mucho granito- en sus dimensiones, nada menos que ¡10.000 m2!. Un auditorio principal de 1600 m2, con capacidad para 1412 espectadores, y dos salas divisibles de 444 y 968 espectadores respectivamente, con un espacio escénico de 432 m2; Una sala de cámara de 490 m2 y un espacio escénico de 140 m2 con capacidad para 440 personas; una sala de exposiciones con una altura de 15 metros y una superficie total de 2000 m2, con 6 salas anejas con superficie de 510 m2 y con capacidades para hasta 80 personas cada una; cafetería y restaurante en 750 m2; además, los diferentes vestíbulos incluyen uno de 750 m2. La guinda a esta locura la pone una ¡sala de prensa! de 72 m2 con capacidad para ¡70! periodistas, que a saber con qué criterios de viabilidad se planificó.

Yo no voy a utilizar esa conocida unidad de conversión que es “una hectárea=un campo de fútbol”. Ahí están las dimensiones del edificio construido -al final han sido un poco menores a lo proyectado-  y finalmente inaugurado con el nombre de “Lienzo norte”, por la ubicación geográfica respecto a la muralla. Ahí están para que cada uno vea la adecuación del proyecto a una ciudad que cuenta con 60.000 habitantes, contando perros y gatos, y que es un destino turístico europeo de tercera fila.

Quizás si el auditorio-centro de congresos se hubiese construido en los ochenta, o cuando era una dotación novedosa, hubiese tenido algo de éxito. No fue así, y no tiene sentido alguno, aún menos cuando está dentro del área de influencia de Madrid -como cualquier sitio a 250 km. alrededor de la capital-, que es capaz de construir cuantos centros de este tipo necesite,  y con la misma falta de sentido.

La inauguración, con dos especialistas

“La riqueza patrimonial de Ávila y lo estratégico de su posición en relación con la capital de España hacen pensar en un contexto óptimo donde han desarrollarse buen número de eventos congresuales y de actividades diversas. Junto a la necesaria dinamización y servicio de la vida interna de la ciudad le ocupa (sic) a la nueva dotación un papel de relación exterior de difusión y de reclamo. El edificio nace pues con vocación de acoger Congresos, reuniones, exposiciones y actos culturales. La versatilidad y funcionalidad de todos sus espacios es objetivo prioritario en la definición y construcción del edificio”, se leía en el panfleto de publicidad cuando se concedió el proyecto.

“Congresos”. Ya. Con esas dimensiones, aspirarían a acoger el Congreso Anual de Oncología, o algo así. La realidad, sin embargo, siempre es terca, y esa “relación” con Madrid no parece muy favorecedora. La programación para los próximos tres meses se basa en actuaciones del Club de la Comedia, cine infantil en 3D a precio subvencionado, el Campeonato de España de ajedrez y finales de curso de las academias de baile “Mirabrás”, zumba fitness Master Class, Debora´s Dancers, ballet Eoan, la II Feria de Antigüedades de Ávila y final del concurso de Clarinete. Tal cual.

“Será un edificio con voluntad de emblema y con afán de significar y representar la vida económica de Ávila” Pues lo ha logrado plenamente. El día que lo visité había un camión del circo en el aparcamiento. Probablemente llevaba ahí un tiempo. “Es un edificio cuyos espacios mantienen, por encima de todo, una vocación de servicio. Su organización permite una gran capacidad de adaptación a los distintos requerimientos funcionales”. Sí, como la próxima feria de destockaje y de outlet.

Ningún Congreso a la vista, claro. Tampoco ayudan las tarifas, que se pueden consultar en la web, aunque sean más económicas que en otros sitios. Al final, para lo que da ubicar un trasatlántico de ese tamaño en un sitio como Ávila es para actuaciones de teatro colegial y poco más, con la cafetería con 20 lámparas de Poulsen (modelo AJ Royal) de las 1.000 euros unidad para el cocktail de bodas de pueblo, y otra sensación de dinero público tirado por la borda, una expresión muy adecuada para este trasatlántico. Huelga decir que todo se ha pagado con deuda.

Ávila ha vuelto a perder el tren del progreso y se ha quedado con un edificio con la misma utilidad que las murallas, cuando la frontera (en este caso, económica) ya se ha movido a otra parte.

Y así, en toda España. Continua a leggere