El tabú de las enfermedades mentales en los políticos

Tan campechana como siempre

Si ya es bastante tabú hablar de las enfermedades mentales en la población normal, aún lo es más en los políticos, como si estos no pudiesen estar aquejados de las mismas dolencias que el pueblo de donde salen. En cambio, otras enfermedades como el cáncer -cuando es leve- están siendo bien aprovechadas por la clase política para sacar pecho y rédito electoral o legitimista.

Que quede bien claro que este no es un post de antipolítica ni antipolíticos, como no lo lo ha sido nunca este irregular blog de reflexiones rápidas y a vuelapluma. Mejor con políticos que sin ellos, ahora que arrecia tanto la antipolítica populista, contra los sindicatos o los cargos electos, pasando por partídos políticos y, en general, todo el sistema: el caldo de cultivo necesario para cosas que producen pavor y que siempre aprovechan estas circunstancias para medrar.

Hay políticos que enferman en el ejercicio de sus cargos, y a veces es por problemas mentales. Recientemente se ha publicado en España un libro sobre cómo la enfermedad influyó en muchos políticos a la hora de tomar grandes decisiones, porque al fin y al cabo somos-vivimos en la cárcel de un cuerpo finito y que no se puede mudar, aunque muchas veces el pensamiento lo transcienda. No estaba mal, pero era muy mejorable.

En España sería impensable un libro así, a pesar de que a Franco le salieron varios sobre el género, incluyendo uno extremadamente divertido de su dentista, los fotos que el Marqués de Villaverde -su yerno- sacó en el lecho de muerte o uno no muy antiguo sobre su agonía o, por utilizar el lenguaje de la época, “hecho biológico”.

Un libro que abordase de una manera objetiva un hecho que nadie relaciona, como la caída en el lecho del olvido más profundo e íntimo a grandes protagonistas de la Transición, desde el conocido caso de Adolfo Suárez hasta Solè-Tura, al parecer con causas químicas basada en el amplio abuso de la familia de anfetaminas para aguantar noches enteras en vela.

Llamar a un político “loco” es una descalificación que, por habitual y generalista, ha perdido todo su significado, pero detengámanos un momento y pensemos en sus implicaciones: estar loco no es hacer como Idi Amin o como Charles Mason, estar loco contempla una serie de actitudes que yo vengo observando desde hace tiempo en Esperanza Aguirre Gil de Biedma, presidente de la Comunidad de Madrid gracias a los mercenarios de Tamayo y Sáez.

Como no es motivo de repasar sus últimos exabruptos, cada vez más frecuentes -desde calentar la final de la Copa del Rey entre el Barça y el Athletic, hasta calificar el asalto a su vivienda en Madrid por dos cuatreros como “terrorismo”-, vayamos directamente a lo ultimísimo, que no será lo último, porque esta señora es incombustible, y del poder no la van a apear ni con camisa de fuerza.

No soy neurólogo, pero creo que Esperanza Aguirre está loca: mal de la chaveta, ida de olla o desquiciada. A lo mejor me manda investigar por poner esto, igual que quiere perseguir a unos universitarios que la abuchearon -sin cuerpo presente- hace unos días en la inauguración del curso académico universitario en la Facultad de Medicina de la UAM. A saber. Con una loca nunca se sabe: hasta un blogger puede ser una amenaza. O un terrorista.

Loca en un sentido como esa vecina que habla sola, esa compañera de trabajo que habla a las paredes o la que ve enemigos en todas partes; loca como sólo una mujer puede estarlo, y ahí están las estadísticas que indican que las enfermedades mentales afectan en mucha mayor proporción a las mujeres que a los hombres, por mucho que un loco se siga representando como Bonaparte. Más bien debería ser como Maria Antonieta.

El último exabrupto de Esperanza Aguirre se ha conocido hoy. A finales de agosto ardió una zona de Madrid muy próxima a El Escorial, donde su familia tiene espléndidas posesiones y donde esta pizpireta política pasó muchos fines de semana de su juventud y vida adulta. Aguirre acudió a la zona de los incendios un día después de que los periodistas le preguntasen por qué no había ido a ver la zona.

Lo hizo sin avisar, pero se encontró con los informadores ahí. Visiblemente contrariada, hizo su papelón: hablar a las cámaras con esa mezcla de chulería asquerosa típica de Madrid, desparpajo de mercado -sección casquería- y arrogancia de alta sociedad española, si es que existe por títulos y no por bienes. Con tanto informador, y esta señora francamente ida de sí, alguien pudo grabar esto:

“Yo no vista nada tan feo (…) Es que habría que matarlos (…). ¿Tú sabes por qué habría que poner la pena de muerte? Me caen mal por los arquitectos porque sus crímenes perduran más allá de su propia vida. Se ha muerto y ahí nos ha dejado esto”. La presidente de la CC.AA de Madrid se dirigía al el alcalde de Valmequeda y lo hacía refiriéndose a su lugar de trabajo: el Ayuntamiento de la localidad.

Lo que podría ser un juicio estético, discutible o no, acaba a renglón seguido en una barrabasada de alguien desquiciado, de barra de bar de carretera, de opinión de sainete y bocadillo de entresijos en la pradera, de alguien muy fuera de sí y muy impresentable. Pena de muerte. Crimen. Matar. Y lo dice un cargo político. Ya saben que en cualquier otro sitio hubiese sido abucheada al conocerse estas declaraciones, y hubiese dimitido. Esperanza Aguirre, que dice admirar y conocer tan bien el juego político inglés, sigue plantada en su asiento.

¿Es tan horrible el edificio? No, y creo decirlo objetivamente. Aquí tienen el antiguo edificio, que refleja bien la pobreza de la zona hasta hace 30 años, y también el nuevo. Se ve que Esperanza Aguirre (joven y cuerda) conoció el antiguo, y el choque del nuevo -construido en 1999, ha llovido- le ha pillado mal, porque mal de lo suyo sí que está. Es un edificio que ha obtenido numerosos galardones y obra de una pareja de arquitectos sobrios y muy buenos, sin alaracas.

Ángela García de Paredes y Joaquín García Pedrosa son también los arquitectos del Teatro Vallé-Inclán en Lavapiés (un barrio de Madrid), que junto a la impresionante biblioteca de la UNED de Linazasoro, ha evitado que este barrio céntrico pero enrevesado se convirtiese en un ghetto: multicultural, eso sí. Nada mejor para evitar la deriva de una barrio así que poner equipamientos que fuercen un trasiego de gente que jamás pasaría por ahí de no estar esas instalaciones, perfectamente integradas en el entorno.

Son también los autores de la cubierta de la Villa romana de Olmeda (Palencia), un bellísimo edificio muy discreto, como toda su obra, justamente elogiado por alguien con tan poco olfato estético como Antonio Muñoz Molina, y que les recomiendo vivamente que visiten: por el contenido y por el continente, el mejor elogio que se puede dar a un espacio museístico, y más en este país de proliferación de este tipo de recientos, muchas veces sin justificación alguna

Y, sin ánimo de ser exhaustivo, de un edificio infantil en Gandía (Valencia), pomposamente llamado “Universidad” que, copiando sin muchos miramientos a los japoneses Sanaa y sus enseñanzas arquitectónicas, hacen una adaptación mediterránea de extremado mérito y valor. También contención formal y discreción, una constante de su obra.

Aguirre no tiene porque saber esto, pero si debería haber sido más prudente, una obviedad. Y más cuando ha sido la persona que ha permitido auténticas aberraciones arquitectónicas en la Comunidad de Madrid, empezando por su ley de urbanismo, esa que impide edificar por encima de cuatro alturas, con la tarifa medioambiental y en términos de sostenibilidad que eso supone: eso si que es aberración.

Seguramente a Aguirre le gusta el estilo arquitectónico neoescurialiense, el que mamó de joven. O seguramente es enemiga de todo lo contemporáneo, algo mucho más probable. Que no le gustan los arquitectos lo dejo bien claro en su agria polémica con Navarro Baldeweg -donde no le faltaba razón- por los teatros de Canal, o como despachó con cajas destempladas a FOA por su edificio para la Ciudad de la Justicia no nata, todo en Madrid.

Sin embargo, va más allá, mucho más allá, del juicio estético: “habría que matarlos” porque su legado les sobrevive. Que no de ideas, porque los horrores del urbanismo extensivo y de urban sprawl son mucho peores y tiene raiz política, no arquitectónica. En todo caso, tras este exhabrupto, para mí Esperanza Aguirre -y mira que todo puede ser un recado a Pio Cabanillas, arquitecto y antiguo líder del PP en Madrid- está loca de remate. Sólo así se explican unas declaraciones del género.
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En el párrafo final de la noticia se demuestra que Esperanza Aguirre tiene odio a la arquitectura modernaContinua a leggere