Espías y fuerza bruta

Casco a la manera de los Ironclad del s. XIX

Mientras los aliados de Washington no angloparlantes están preocupados en mayor o menor medida por el alcance del espionaje masivo que su socio y protector ha efectuado durante años sobre todas sus comunicaciones -un principio básico de todo buen historiador de la técnica es que, cuando algo es tecnológicamente posible, o ya se ha realizado o se está realizando-, la realpolitik vivió ayer un pequeño momento.

En los astilleros que la Marina estadounidense tiene en Maine se botó el primer ejemplar de la nueva serie de destructores USS Zumwalt, que aún tardará un par de años en entrar en servicio, cuando reciba toda su equipación de armamento y telecomunicaciones. El resultado final es un buque con una estética muy parecida a los primeros acorazados de metal del siglo XIX, especialmente por el casco.

Torre de mando

Con un diseño futurista intentando evitar los angulos y protuberancias, es prácticamente indetectable a radares y sonar, y su torre de mando -prácticamente la única estructura que sobresale del casco- está realizada con materiales compuestos para aligerar el peso del buque -así es más rápido y maniobrable- y mejorar su invisibilidad práctica.

Es el primero de una serie de sólo tres buques -las restricciones presupuestarias, pero especialmente los costes disparatados y crecientes de todo programa de armamento avanzado- que supone todo un salto al siglo XXI de los buques de guerra. Aunque se habían previsto inicialmente 32 barcos de este tipo, se fueron reduciendo a 10, luego a 7 e incluso hay sobre la mesa una propuesta de dejarlos solo en 2; de momento, se ha autorizado la construcción 8 unidades más de la generación anterior de buques, la Arleight-Burke.

Nótese el tamaño del remolcador

Es muy probable que la clase Zumwalt se quede así, igual que otros programas de armamento estadounidenses que demostraron ser carísimos y estar varias generaciones por delante del resto del mundo: el B-2 de los setenta, o el F-22. De hecho, el buque se mete dentro de la categoría de destructores, pero desplazando 15.000 toneladas y con 180 metros de eslora (prueben a imaginarlo de pie, como un edificio), es más bien un crucero.

Con dos debería bastar para las necesidades estratégicas de EE.UU. El buque es simplemente una plataforma de guerra electrónica y un lanzador de misiles de crucero (hasta 80, contando los Sparrow A/A), con un puñado de armas defensivas, dos cañones navales de 155 mm. muy mejorados (podrán alcanzar objetivos a más de 100 km, algo increíble en un cañón de ese calibre y retráctil) y un plataforma para un helicoptero o drones. Todo, con sólo 140 miembros de tripulación. Todo, en un buque que es más grande que el USS Arizona -el famoso barco cuyo pecio se puede ver en Pearl Harbour-, pero que pesa la mitad.

Está bien poner estas cosas de vez en cuando, porque en breve saldrá de nuevo la campaña de propaganda sobre la supuesta carrera armamentística china, un país que está en la edad de piedra tecnológica en cuanto a armas, y que está sometido a un embargo de este tipo de productos desde 1989 -y ojalá se mantenga siempre-, una campaña periódica destinada a asustar.

EE.UU sigue siendo, y lo será hasta al menos la segunda mitad del siglo, la única superpotencia del mundo, gracias a buques como el USS Zumwalt, que adelantan la tecnología existente en varias décadas. Ah, y en caso de duda también saben lo que estás pensando o planeando con bastante solvencia y discrección, como demuestra el feo asunto de espías vendido como caso Snowden. Continua a leggere

De aquella noche en Bengazi

Con esta cara se quedó cuando salió el asunto en debate TV

Les aseguro que en su momento los medios españoles apenas dieron relevancia al increíble lío originado a partir del ya de por sí gravísimo hecho del asesinato del embajador estadounidense en Libia; ahora parece que, replicando lo que está pasando al otro lado del Atlántico, y que es ni más ni menos que un momento especialmente humillante para un país que no sólo tiene el deber de parecer el más justo del mundo -aunque no lo sea-, es que tiene que serlo, hay un súbito interés.

Aquella noche en Bengazi es un post de cuando escribía regularmente por aquí -bueno, no mucho, como siempre- y que quizás convenga revisitar antes de exponer los últimos acontencimientos en torno al caso que, evidentemente, no se había desactivado. Los procesos democráticos y de transparencia que rigen en gran medida en EE.UU han seguido su curso, hasta el punto que la Casa Blanca se ha visto obligada -por presión de la oposición republicana- a hacer públicos los correos que se cruzaron entre las diferentes agencias gubernamentales en torno al asalto a la legación diplomática estadounidense en la liberada Libia.

¿Donde lo habíamos dejado? Ah si: “Obama se enfada mucho con este asunto”. El pasado lunes lo volvió a hacer en la rueda de prensa posterior a la visita oficial del Primer Ministro del Estado número 51 de la Unión, David Cameron. Preguntado al respecto de la investigación, Obama calificó de muy mala manera que todo era un sideshow, lo que viene siendo una patraña o asunto secundario. Y miren que modales.

Obama estaba negando de nuevo lo evidente: que desde un primer momento se supo que era un ataque terrorista (¡pero si hasta era el 11 de septiembre!) y que después se fue edulcorando la versión por diferentes motivos, todos enredados entre sí, aunque el principal fuese que, a dos meses vista de las elecciones presidenciales, EE.UU volviese a presentar debilidad ante el terrorismo o, peor aún, que transcendiese que el ataque buscaba liberar a los presos ilegales que estaban dentro del recinto diplomático, sometidos a torturas.

Ambas son razones bastante evidentes que justificarían la pésima gestión del ataque. Para, una vez más, neutralizar lo que está muy claro, Obama ha recurrido a una estrategia que ya empleó cuando Donald Trump le acusaba, en las elecciones de 2004, de no haber nacido en EE.UU y, por tanto, no poder candidarse a la presidencia de la nación. Bastó con hacer pública su partida de nacimiento, donde pone Hawai y su segundo nombre, Hussein, ese que nunca aparece en los medios de comunicación.

Ahora ha puesto a disposición de cualquiera interesado en el asunto  cien páginas de e-mails que se intercambiaron responsables secundarios de las agencias de inteligencia de EE.UU entre el 14 y el 17 de septiembre posteriores al ataque, pero con un efecto bumerang: lo que se deduce es que hubo un encubrimiento chapucero y miserable. No dejen de observar que la prácticamente retrasada mental corresponsal de El País en Washington califica todo el asunto de “falso debate” días antes de que se hagan públicos los correos. Su otra compañera, no mucho mejor dotada, ofrece un titular romo y la palabra “discrepancias”. 

Este es el nivel. Ni siquiera hay una pregunta a por qué no se han hecho públicos los e-mail entre el 11 de septiembre y el 13 de septiembre, que hubiesen sido muchísimo más interesantes y, estoy convencido de ellos, con múltiples insultos. No, no busquen en el listado: no hay ninguno de Petraeus. Desde luego, a Obama la jugada no le está saliendo igual que con Trump.

Los correos tienen un aire siniestro Son instrucciones bajo un esquema pautado que recuerdan mucho a las veline (otro invento de la Italia fascista) con las que Mussolini aconsejaba y orientaba lo que se podía y debía publicar en los periódicos: son el argumentario a aplicar en las comparecencias públicas, igual que hacen los partidos de por aquí cuando, oh casualidad, salen todos en tromba comparando a un movimiento ciudadano repelente con los nazis. Como si todo fuese válido.

En las páginas 6 y 7 queda clara la autoría terrorista; en la página 15, después de un llamamiento a la coordinación, ya desaparece la palabra “Al-Qaeda” y queda “extremistas islámicos entre los manifestantes”, y así, a través de drafts y más drafts que tienen que ser revisados se ven maquillajes y edulcoraciones progresivas, siendo mi preferida la de la página 25, con CAIRO escrito así, en negrita y en mayúsculas, para poder decirlo con énfasis en la rueda de prensa. Seguramente porque Bengazi seguía siendo bastante ignoto para el americano medio.

Hacía la pág 35 (y tras haber pasado el draft básico por no menos de diez revisiones) alguien se da cuenta que dejando eso de “extremistas islámicos”, tarde o temprado “nos vendrá rebotado cuando estemos en la comparecencia”. Muy sagaz, pero fíjense que ninguna de las mentes pensantes de la inteligencia americana se había dado cuenta. Hacia la pág 39 ya piensan en quitar el nombre propio del cabeza de turco (malo, malvadísimo) que ya había buscado para solaz de la opinión pública americana.

Merece la pena leerlo todo, y recordar esa maravilla que es Quemar después de leer de los hermanos Coen.  “Discrepancias”, dice la corresponsal de El País. Chapuza, porque había una realidad que entraba en conflicto con lo que querían vender, una chapuza de tal tamaño que, nueve meses después, todavía socaba a Obama, por mucho que vendan que es un “falso debate”.

Como es muy improbable que el presidente reelecto tenga el cuajo de salir algún día a decir la verdad -la que supimos gracias a la buscona que estaba con Petraeus-, porque le va el cargo en ello, habrá que esperar a la siguiente evolución de los acontecimientos. Alguno de ellos ya se ha producido, y en nuestro país, aunque no por la vía de atajar las injustificables lagunas de coordinación y comunicación que el caso demuestra.

Hace unos días se sabía que una de esas colonias americanas que hay en suelo español, que cedió la dictadura franquista en los años 50 porque gestionaba el país como si fuese una finca privada, albergará una “fuerza de reacción rápida de EE.UU” de quinientos soldados permanentemente acantonados. Quinientos. Prueben a contarlos uno a uno, por si les parecen pocos.

Dicen que tal cifra entra dentro de lo acordado en los acuerdos conjuntos -ampliados por Zapatero poco antes de largarse, y vendidos como una oportunidad de empleo- que rigen tanto Rota como la inmensa base de Morón de la Frontera, diseñada para albergar C-5 Galaxy y B-52, además de transbordadores espaciales -ya no aterrizarán, empero- y bombarderos de los llamados invisibles: una pista de aterrizaje de 4´5 km, donde pueden estar operando continuamente cientos de aviones al día. 

Ahora tendrán 500 soldados permanentemente. Ya verán como serán unos poquitos más, porque en estos acuerdos “bilaterales” con EE.UU siempre salen sorpresas: en Bélgica acaban de descubrir -y han puesto cara de sorpresa, cuando ya había salido en Wikileaks- que los yankis almacenaban armas nucleares en su territorio. En Morón no hará falta, porque ya les ha quedado claro que las bases andaluzas no son estratégicas, como tampoco lo ha sido nunca Gibraltar para los ingleses.

Esos 500 soldados son, en teoría, para evitar chapuzas como la de Bengazi. Una fuerza de reacción rápida en una zona del mundo que camina hacia una sucesión de Estados fallidos -como ha demostrado la guerra neocolonial de Francia en el Chad- y donde EE.UU se ha dejado asesinar a un embajador. En dos horas son capaces de poner a esa cantidad de personal en cualquier punto al norte del ecuador, y siempre dando por descontado que no están ahí para intervenir en Europa.

No dejen de reparar en que EE.UU va a solventar la lección del embajador muerto con lo que es, sin ninguna duda, más mano dura. Preventiva, pero mano dura. El contingente, por supuesto, tiene “caracter humanitario”, como pueden leer en el último enlace a la propaganda. Como los presos que estaban siendo torturados en los sótanos de la embajada americana en Bengazi. Alguien bautizó en su momento al presidente como Barack Kissinger Obama. No estaba muy equivocado.
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Es una pena que los días no tengan más horas para comentar lo que va a ser el mayor cerrojado al ferrocarril desde 1985, pero esto es lo que hay. Y todo viene de la absoluta carencia de una planificación estratégica: autovía, tren, AVE, todos querían todo y, por encima de todo, el español con su hábito del coche. Para algo fabricamos tantos, y de gama medio-baja. Continua a leggere

Aquella noche en Bengazi

Estos son sus atributos visibles

Es una historia tan buena que parece mentira que esté pasando. Sin embargo, vivimos en una época en lo que lo imposible y lo novelesco forman parte de la realidad informativa del día a día. En un caso como este, me quedan dudas de que ganemos todos con tanto outing. 

Hace unas semanas se produjo un hecho muy grave. La embajada de EE.UU en Bengazi fue asaltada y, en la lucha, murió nada menos que el embajador de EE.UU, un hecho insólito que hacía décadas que no se producía.

Gadafi en vida dictatorial de 40 años no consiguió algo ni siquiera parecido: se tenía que contentar poniendo bombas en vuelos civiles, algo muy valiente y de mucho mérito. Ha sido asesinar al coronel libio y producirse algo tan grave como la ejecución de un embajador, para que vean como están las cosas.

El ataque a la embajada se produjo en plena campaña electoral americana, y el candidato derrotado Rommey lo intentó aprovechar en su beneficio. Sin descartar la pista de un uso electoral, parece que la cosa es mucho más truculenta, insidiosa y más atractiva. De hecho, el gran pastel se ha empezado a descubrir una vez pasadas las elecciones.

De manera muy sorprendente, porque apenas llevaba un año en el cargo, y sólo dos días después de las elecciones estadounidenses, el director de la CIA ha dimitido. Era nada más y nada menos que el famoso general David Petraeus, conocido por el gran público por su papel destacado -y mediático- en las guerras de Afganistán e Irak.

Con una hoja de servicios realmente increíble, dejó la vida militar para abrazar un cargo de gran confianza política como es el director de la CIA, lo que le ha costado emborronar su expediente y trayectoria de una manera indeleble. A ver si consigo contarlo bien, porque se entrelazan diferentes tramas -algunas con fines puramente de maquillaje- con pecados veniales.

Empecemos con la versión oficial.

La razón de la dimisión de Petraeus ha sido una relación extramatrimonial con Paula Broadwell, una escritora que realizó una biografía sobre el general, conviviendo con el en varios frentes durante muchos meses. En principio parece un escándalo típicamente estadounidense, de faldas e infidelidades, con una mujer oficial devota durante 37 años de la brillante carrera de su marido, y una MILF (con formación militar también, ojo) que se entromete, nunca mejor dicho.

El gran Bob Woodward, en los brillantes libros que ha escrito ya muy viejo sobre las últimas guerras de EE.UU, ya había avisado que Petraeus era extremadamente narcicista y lo que le gustaba era que le hiciesen la pelota y le dijesen lo brillante que era; si es cierta esta observación, el romance con Broadwell debió surgir muy pronto. ¿Qué es un biógrafo si no un enamorado del biografiado?

¿Por qué confiesa Petraeus? Aquí la historia se empieza a complicar. Al parecer, el FBI encontró correos cruzados entre los dos amantes. ¿Que hacía el FBI investigando nada menos que al director de la CIA? Ay, ay….se tardó varios días en conocer la respuesta, que por rocambolesca es todavía más patética que toda la historia.

Al parecer, otra buscona MILF de Florida había estado cortejando a Petraeus, y la muy celosa Broadwell la amenazó ¡desde las cuentas de gmail del propio Petraeus, que se las había hecho para evitar el encriptado propio de su cargo y las miradas ajenas! La amenazada, de nombre Jill Kelley, contactó con un superagente del FBI que conocía, llamado Frederick W. Humphries II, que llamándose así no podía ser otra cosa que espía.

Llegados a este punto -y eso que es la versión oficial-, uno no puede dejar de recordar y recomendar ese monumento de película que es Quemar después de leer, de los hermanos Coen, o cualquiera de esta genial pareja de cineastas, que siempre pueblan sus producciones de expertos que no lo son, manazas, narcicistas y demás. Vean también, aunque no salen espías, la fabulosa Ladykillers, y quizás contextualicen mucho mejor todo.

Humphries es un agente federal famoso, propio de un guión cinematográfico: en 1999 desarticuló una trama terrorista que iba a atentar en Los Ángeles y, al parecer, ama su trabajo, hasta el punto que se tomó como algo personal la denuncia que le hizo Kelley. Por cierto, esta buscona también se intercambiaba e-mails de contenido sexual John R. Allen, el general al cargo de las tropas de la OTAN en Afganistán. ¿Una cama redonda? Quizás.

Tan personal que ha llegado a derribar nada menos que al director de la CIA, lo que demuestra una vez más que en EE.UU y su estricta separación de poderes (y agencias gubernamentales) puede hacer que un ratón asuste a un elefante. Y sí, ya he citado antes a Woodward, quizás la persona que mejor encarna esta realidad de EE.UU junto a su colega Bernstein.

Sin embargo, aquí no hay épica periodística, al contrario: hay carencia de periodismo, como en tantas otras ocasiones. Cosas de seguridad nacional, me temo. Ya se vio muy clarito como los medios agraciados con la pedrea de los wikileaks utilizaron ese caudal de información para contar cotilleos y poco más. Y en la versión oficial del caso Petraeus estamos con cotilleos, faldas, relaciones cruzadas y demás. Hay que ver en el bosque.

La versión no oficial

Sin descartar que todo esto haya salido porque Petraeus tenía que comparecer en la Cámara de Representantes sobre el caso de la embajada de Bengazi pocos días después (y no dijo gran cosa) y la ya apuntada versión de su uso en las elecciones, está claro que un caso en el que se entrecruzan la CIA, el FBI, generales de cuatro estrellas y un embajador muerto tiene más de sí, mucho más. Con todo el respeto a los hermanos Coen.

De entrada, es sencillamente increíble que un general de cuatro estrellas y 40 años de servicio en el Ejército (¡y director de la CIA!) se abra cuentas de e-mail en servidores privados para chatear con su amante; o se embobó como un adolescente, o no se entiende nada. Sólo por este cosa tan absurda merece cualquier oprobio; o que un agente raso del FBI, por muy celoso de su trabajo que sea, investigue al director del CIA sin toparse antes con ningún cortafuegos en forma de seguridad, aviso de superiores o rapapolvo paralegal.

Quizás ayude a comprender todo esto el margen de días que hubo entre la sorprendente dimisión de Petraeus justo después de que Obama ganase las elecciones, y antes de que el caso se ramificase hasta Kelley y las amenazas. En esos días llovían las informaciones sobre el caso, como es lógico, informaciones que después se han diluido o olvidado en el fenomenal lío de faldas, espías y relaciones triangulares, perfecto para el consumo de la opinión pública.

Las informaciones de esos días se centraban en torno a Broadwell, por supuesto. Al parecer, la escritora se había metido muy bien la piel de Petraeus, hasta el punto de defenderlo acerrimamente en las ruedas de prensa, charlas y presentaciones que dio a lo largo y ancho de EE.UU presentado su libro. Al parecer también, la señora Broadwell es de boca caliente y muchas veces se le escapaban cosas que hacían intuir que entre ella y el general de cuatro estrellas había más que comunicación.

En ese contexto salieron las primeras informaciones sobre que el FBI estaba investigando Broadwell por revelación de secretos de estado, la vía más lógica de investigación, mucho más que la del agente Humphries y los e-mails amenazantes. Recuerden que hay un embajador muerto de por medio, y una imagen internacional del “policía mundial necesario” seriamente comprometida.

Tras el fiasco de Bengazi, donde su amante era el principal responsable, a la señora Broadwell se le fue la lengua en su defensa mucho más de lo habitual, y ahí fue donde saltaron todas las alarmas, y la relación extramatrimonial mantenida durante años -y de la que más de uno en el FBI, la CIA o el Ejército estaría al corriente- saltó a la luz. Me imagino que sólo las más altas gestiones habrán conseguido que la dimisión se produjese después de las elecciones, pero todo había llegado a un límite.

Aunque Petraeus diga que jamás compartió “material clasificado” con su amante, es difícil imaginar las charlas poscoitales entre un hombre de sesenta años y una mujer de cuarenta hablando de la colada o los niños, y más cuando -como he indicado-, la señora Broadwell tenía formación militar, nada menos que graduada en West Point.

Lo que dijese o no pertenece a los secretos de alcoba, el problema es cuando es información secreta y que afecta a terceras personas, en este caso -ya lo habrán adivinado- a un embajador muerto o la seguridad nacional, ampliamente entendida. Y aquí es donde empieza a ser interesante el caso para el observador atento y el lector paciente que haya llegado hasta aquí en este relato deslavazado.

El pasado 26 de octubre la señora Broadwell ofreció una conferencia en la Universidad de Denver. En el toma y daca tras la presentación -y les aseguro que en EE.UU es un toma y daca, especialmente en ambientes académicos, donde se va a cuchillo pero con gran educación y respeto-, que duró 35 minutos, la biógrafa-amante se calentó demasiado.

Preguntada sobre el asalto a la embajada de Bengazi, dijo que “los asaltantes querían liberar a miembros de milicias libias que la CIA tenía recluidos en un edificio contiguo”. El que sepa leer entre líneas sabrá que ahí detrás está la palabra tortura, y EE.UU todavía no se ha recuperado de lo de Abu Graib. Esas son cosas que no se dicen así, o si se dicen no quedan sin consecuencias.

Al día siguiente la CIA tuvo que dar un desmentido, y ahí se desencadenó todo. Aquella noche en Bengazi, como se intuía, hubo mucho más: un embajador de EE.UU no muere así como así. Tuvo que haber fuego pesado. Los agentes de la CIA no se esperaban eso, pero ¿que podían esperar de un país donde se distribuyó armamento pesado por doquier, y que se podía esperar de unos compañeros que saben que sus camaradas están recluidos sin juicio, sin acusación, sin esperanza de volver a verlos?

Murió el embajador, las autoridades de EE.UU nunca han confirmado si se escaparon los presos (sería admitir a renglón seguido la pregunta ¿por qué había presos en una embajada?), ha caído el director de la CIA y, si me permiten decirlo también, Hillary Clinton, que a pesar de su desmedida ambición de poder, anunció justo después de las elecciones que no continuaría al frente de la Secretaría de Estado. Es cierto que ya lo había anunciado hace casi dos años, pero nadie le creyó, como en tantas otras mentiras de esta tahúr. Como para continuar en su cargo ahora que se sabe que la CIA ha seguido torturando durante su mandato.

¿Y quien sustituirá a la Clinton? Se hablaba de Susan Rice -esa gran y reciente tradición americana de poner al frente del poder exterior a mujeres-, la actual embajadora ante la ONU, pero la pobre ha quedado quemada también por aquella noche de Bengazi, como se explica muy bien aquí. También que Obama se enfada mucho con todo este asunto. No me extraña. Y todo por una hooker con la boca caliente.
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Noticias de la crisis. Grandes oportunidades de empleo. Parece un publireportaje, pero en teoría es una noticia. Continua a leggere