Adriasola: Me gusta cuando callas

Desde hace ya un tiempo escuchamos del uso de violencia por parte de carabineros en contra de mujeres mapuche y escolares. Hoy constatamos que no solo han sido estas mujeres golpeadas: se hace evidente un patrón de violencia sexual en contra de mujeres que participan en las protestas contra el gobierno.

Niña chilena escolar

Esta semana conocimos por ejemplo testimonios de una menor de edad a quien un policía habría restregado sus genitales en la cara. También escuchamos de una destacada abogada que al expresar su desacuerdo ante la violencia de Fuerzas Especiales fue agredida sexualmente por parte de un policía. Vimos fotos de mujeres jóvenes siendo desnudadas en la vía pública. En un vídeo que circula por internet vemos a un soez oficial de carabineros provocar a los estudiantes diciéndoles que filmen a “su hermana” que ahora está “en pelotas.”

Niña chilena escolar
Presidenta de la Federación de estudiantes secundarios Fesec, Nicole Bravo, agredida por carabinero durante la marcha 
Niña chilena escolar

Ante las denuncias, Carabineros sugiere impúdicamente que como parte del protocolo de detención, corresponde que las estudiantes, pese a ser menores de edad, sean desnudadas. Imaginamos que los vejámenes, manoseos y abusos a las que han sido sometidas estas mujeres también se justifican como parte de ese protocolo. 


No es la primera vez que sucede esto en Chile. Cabe recordar que en la historia reciente de nuestro país, la violencia sexual, en su expresión más amplia, ha sido utilizada rutinariamente como forma de represión. La Comisión sobre la Tortura lo avala: en Chile, la violencia sexual contra la población civil fue utilizada como parte de las técnicas de control social de la dictadura. Esta práctica continúa en democracia como método de control a la población de “indeseables”: recordemos el caso reciente de mujeres trans que ejercen el comercio sexual a quienes se les ha forzado a practicarle sexo oral a Carabineros durante su detención.


La violencia sexual se ejerce no solo contra mujeres: la humillación sexual también es utilizada contra hombres. El año pasado la vimos plasmada en esa foto que causó revuelo, de un hombre siendo capturado por Fuerzas Especiales a quien Carabineros introdujo un arma dentro de sus pantalones. La acción de Carabineros capturada en la imagen sugiere la amenaza de sodomía con un arma. Cabe recordar que la violación aparece siempre como forma última de humillación–es por eso que fue utilizada ampliamente en los campos de concentración de Pinochet.


Hoy nuevamente el Gobierno incita a la violencia de género y la humillación sexual como parte de la política represiva. Ante esto, la respuesta del órgano del Estado dedicado a velar por los derechos de la mujer y la igualdad de género ha sido un ensordecedor silencio. Su jefa, por cierto, no ha dicho nada. Carolina Schmidt mantiene un silencio que la hace cómplice de la asesina brutalidad policial en contra de quienes hoy ejercen el legítimo derecho a manifestarse.


Pareciera como si Schmidt compartiese el uso de la violencia sexual como arma represiva. Si estuviera en desacuerdo, se manifestaría. Schmidt siempre puede renunciar y denunciar la violencia del Gobierno. Pero a pesar de la amplia evidencia, no lo hace. Su silencio cómplice acomoda al Gobierno al que finalmente pertenece. Schmidt no desea levantar la voz contra quienes son últimamente responsables de la política de (in-)seguridad del Estado en el Gobierno, Rodrigo Hinzpeter, y su jefe Sebastián Piñera. Schmidt es la mujer ideal de la derecha: la mujer-florero.


“Me gustas cuando callas porque estás como ausente.” La presencia de la mujer (como idea) en el Gobierno se refleja en esta frase: no hablen, no levanten la voz, no hagan notar problemas, ni ofrezcan soluciones, porque no nos interesa. Sernam hoy imagina a la mujer en la casa, y la defiende de la violencia ejercida en la casa. Pero cuando la violencia es ejercida contra mujeres que salen de la casa y participan en la comunidad–cuando la mujer agredida es la mujer pública, la mujer-ciudadana–el Gobierno se desentiende. Es porque el gobierno entiende a su mujer como florero, y no como ciudadana.


por Iñigo Adriasola @theoriesofmambo
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ADRIASOLA: ¿Mejora?

Hace un par de años atrás, una serie de suicidios de adolescentes causó una gran conmoción en Estados Unidos. Los medios de comunicación no se demoraron en indicar que todos ellos estaban relacionados—era una verdadera epidemia de suicidios de chicos gay, todos víctimas de acoso en sus escuelas. Una sospecha que se basaba en parte en el estereotipo de la juventud les-bi-gay-trans como una población intrínsecamente “en riesgo.” Por supuesto, nunca se interrogaron sobre los factores personales o sociales que empujan a un chico o chica de esa edad, que duda o se encuentra en abierto desafío de la heteronorma, a quitarse la vida.

Ante los suicidios, la sensación de culpa e impotencia era palpable. Dan Savage, reconocido columnista—muy guapo y abiertamente gay—posteó un video en YouTube donde se dirigió directamente a la “juventud en riesgo” para decirle que, aún si enfrentaban problemas hoy, pronto estarían mejor: “It gets better”. El formato rápidamente se popularizó. Este facilita el acoplamiento de una historia personal con la narrativa propuesta por la campaña a través de un slogan simple y emotivo—aún si el a quién se dirige este mensaje, el auditor imaginario, no sea del todo evidente. Hasta la fecha, cerca de treinta mil videos han sido subidos a la plataforma creada para promoverla. Entre ellos, el de un chico que se suicidó poco tiempo después de haber subido su propio video. La vida suele ser más complicada que el “copy” con que tratamos de capturarla.

Una de las razones de la popularidad de It Gets Better tuvo que ver con el momento político que vivía Estados Unidos. La campaña vendió el “buenondismo” como antídoto frente el abandono de Barack Obama del movimiento LGBTI, que lo había apoyado durante la elección del 2008. Un abandono que se tradujo en los primeros años de la Administración en un tímido apoyo verbal hacia la diversidad sexual, y la más completa marginalización de asuntos LGBTI de la agenda pública. It Gets Better se auto-promueve como una campaña exitosa, aún si resulta imposible evaluar ese éxito. Los videos, después de todos, son sólo videos; quienes los ven, no son necesariamente su público objetivo declarado. En todo caso, ciertamente fue exitosa entre la clase política. No hay nada más fácil para un político que vender empatía, promover el bajar los brazos, y decir que las cosas “mejoran” por sí solas. En un momento de ironía total, Obama produjo su propio video. Se hubiera apreciado tanto más que la Administración promoviera políticas sustantivas de protección y apoyo a la juventud les-bi-gay-trans.

De ahí pasamos a la traducción sin ninguna re-contextualización por parte de la Fundación Iguales de esta campaña, y su adopción en Chile. Es una traducción que retiene todos los problemas del original, y de hecho los acentúa. Partiendo con el título: “Todo Mejora.” Pablo Simonetti—quien trabaja con palabras—habrá notado la utilización en esta traducción de un fraseo pasivo además de una forma verbal intransitiva, sin objeto. No hay indicación sobre qué mejora, ni cómo mejora, ni mucho menos quién lo mejora. Me parece de una perversidad absoluta ofrecerle a la diversidad sexual de Chile un simple “Todo Mejora,” considerando que este último año lo único concreto que hemos visto en relación a ella han sido ataques de odio horrorosamente violentos, tales como el sufrido por Sandy Iturra Gamboa, o más recientemente Daniel Zamudio. (Y a estos podríamos añadir tantos otros crímenes que no son denunciados a la policía.)

Aún si aceptáramos como válida para su nuevo contexto la premisa de la campaña original—que hay una crisis de suicidios gays, que la juventud les-bi-gay-trans se encuentra intrínsicamente “en riesgo,” que esto requiere recordarles que las cosas por arte de magia “mejoran”—nos saltamos en el caso chileno un paso esencial. Esto, porque en Estados Unidos, al contrario de Chile, sí existen mecanismos y recursos de apoyo para la juventud no-hetero, trans o con dudas, y que se enfrenta a un problemas cuyo origen es netamente sociocultural, como es la homofobia. En Chile, las organizaciones que intentan ofrecer estos recursos no dan abasto. Quizás Iguales debiera haber comenzado su trabajo desde este punto.

Entonces, nos preguntamos, ¿todo mejora?

La respuesta es que, por desgracia, no todo mejora. No puede mejorar, cuando no existe un marco legal que dé protección a quienes viven en Chile y continúan hoy experimentando la precariedad sexual a diario. No mejora, cuando la experiencia de esa precariedad sexual se encuentra directamente relacionada con la diferencial de poder que emerge desde la intersección de género, sexualidad, etnicidad y clase. (Pedro Lemebel tiene tantísima razón cuando nos recuerda que “ser pobre y maricón es peor.”) No mejora, cuando el Estado reniega de sus obligaciones internacionales en cuanto a resguardar los derechos de su población lésbica, gay, trans, bisexual e intersexual. No mejora, cuando las organizaciones que debieran dedicarse a presionar al Estado y a abogar por un cambio cultural, social y político que proteja a esta población, cesan de hacerlo y promueven en vez un discurso sentimental e individualista, completamente desconectado de un sentido de comunidad o responsabilidad social. No, las cosas no mejoran por sí solas: ¡somos nosotros quienes debemos mejorarlas!

Suelo abstenerme de criticar el trabajo de activistas en Chile. Esto, en parte porque reconozco que es un contexto difícil. Para algunos puede parecer contraproducente el criticar las estrategias empleadas cuando no se tiene una perspectiva de terreno. En este caso, sin embargo, no hay terreno. Se trata de una campaña mediática, sin objetivos, que promueve una ideología que considero francamente dañina. Frente a esto, como feminista y estudioso de la cultura de las imágenes, mi rol es ayudar a abrir una reflexión crítica, e invitar a un debate real sobre qué política sexual queremos articular como movimiento para Chile.

IGNACIO ADRIASOLA @theoriesofmambo via estadista.org
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ESTADISTA: Falsas equivalencias (por Iñigo Adriasola)

El video muestra a dos mujeres mapuche, en la comunidad José Jineo Ñanco, en el sur de Chile. Una de ellas acarrea a un niño en brazos. La cámara nos las muestra de espaldas. Ellas miran hacia adelante; gritan contra alguien. Vemos a dos carabineros, vestidos en el uniforme de “fuerzas especiales” avanzar hacia la cámara.

(En inglés ese uniforme se conoce como riot gear, ya definido por su nombre como equipo destinado para controlar una revuelta. Un par de personas en un potrero solitario, en algún lugar aislado en el sur de Chile, ¿califica como tal?)

Las mujeres se enfrentan a carabineros. Lo hacen porque se defienden tras días, semanas, años, décadas, siglos de vejámenes, realizados en nombre de una “paz” que ellas hoy, más que nunca, saben que no es la suya. Esa paz que ayer fue despojo y hoy viste de verde–con cascos, con chalecos anti-balas, con guantes, rodilleras, protectores, con semiautomáticas–y que avanza y domina la pantalla.

Los oficiales las golpean. Ellas, son dos mujeres, y un niño. Un oficial apunta su arma de servicio contra ellas. Ellas no tienen nada más que su voz. Una voz en off cuyo grito desgarrador nos pide al final del video, “Ayuda.”

Gracias a la difusión de tecnologías digitales–las mismas que también hoy son utilizadas contra la ciudadanía como método de control y vigilancia durante la protesta–esta vez se cumple el objetivo de levantar un testimonio. A través del video somos testigos de la violencia de Estado contra mapuches, contra mujeres, contra niños. Vemos, y volvemos a ver múltiples veces, una escena absurda: el ejercicio de un poder abusivo y completamente desproporcionado contra civiles indefensos. (Valga añadir, a tan solo días de manifestarse la preocupación del Poder Judicial frente a este tipo de abusos, que contravienen la normativa nacional e internacional a la que nuestro país suscribe.)

Este testimonio, no se convierte en testimonio por su rareza o improbabilidad. El video nos golpea también a nosotros quienes lo vemos, por lo que nos da a entender–a saber, que esto ha ocurrido tantísimas veces, y que no lo hemos visto, porque preferimos no ver. Lo que el video nos recuerda es lo siguiente: que hoy, como ayer, en el conflicto con el pueblo mapuche, un gobierno en crisis de legitimidad elige ejercer la violencia como política legitimatoria–sin reparar en cómo continúa deslegitimando al Estado al abusar de su monopolio por sobre la fuerza.

El video nos permite constatar que en su batalla por el control–ese mismo control y gobernabilidad que hoy se revelan tan precarios–no importa que el objeto de la violencia sean mujeres, hombres, estudiantes, mapuches, adultos mayores, niños. Sin embargo, resulta impactante constatar el daño, cuando se trata tan claramente de civiles indefensos–mujeres, niños–, ante los que el gobierno hace valer la soberanía vistiéndola con la ropa de la fuerza bruta.

Y sin embargo, en el video, volvemos a ver: dos mujeres, un niño, mapuches.

En su único comentario sobre el incidente, la persona encargada de velar por las políticas de género e igualdad del gobierno sugirió que esta era tan solo una violencia más. “Condenamos la violencia de donde provenga,” escribió en su cuenta en Twitter la Ministra Carolina Schmidt fiel a su estilo no-confrontacional — como si fuera posible dibujar una equivalencia de fuerzas–como si el Estado, y dos mujeres y un niño mapuche, se encontraran en “igualdad de oportunidades.” Algo quizás a lo que debiéramos aspirar, pero una sugerencia que es, hoy por hoy, no solo un absurdo o una falsa equivalencia, sino una que nos parece profundamente hipócrita.

Iñigo Adriasola para ESTADISTA.org
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