Masa y urbanismo

Avda. de Vitoria, Burgos. La general

La noticia de unos improbables disturbios en Burgos me tiene bastante sorprendido estos días, aún siendo un género que me gusta en particular cuando se produce en sitios insospechados. Ya van tres días seguidos de algaradas nocturnas en la capital del bando nacional durante la Guerra Civil, la ciudad de las dos estaciones (la de tren, y el invierno) y triple Patrimonio de la Humanidad (por el camino de Santiago, por la Catedral, y por Atapuerca), algo así como si se congelase el trópico.

Es Burgos una ciudad muy bonita, incluso bajo los estándares internacionales. No les digo ya los nacionales. Con un casco histórico muy delimitado, varios ríos, castillo enrocado e impresionante monasterio de la Huelgas un poco a desmano, combina esa belleza monumental y geográfica -extensible a toda la provincia- con las características propias de ser una ciudad moderna, la segunda más poblada de Castilla La Vieja: campus universitario inútil, industria pesada y contaminante (¡fábrica de neumáticos!) y, nuestra característica más hispana, la de las casas construidas sin previsión alguna.

Sepan ustedes que en Burgos se llegó a alcanzar, durante los Quince Años de Despilfarro, uno de los precios de vivienda más caros de España. Burgos, rodeada de páramo en tres de sus cuatro vertientes. Burgos, que sin embargo tiene un urbanismo bastante decente. Había y hay industria, eso de lo que tanto adolece Castilla, y servía de polo de atracción para palentinos, sorianos y demás hermanos de la estepa castellana mucho más desfavorecidos.

Mirando hacia el norte sube una loma por donde va la carretera a Cantabria: por ahí creció la ciudad durante el primer franquismo no desarrolista, a golpe de cuartel y hospital ubicado horriblemente. Mirando hacia el este, iba la carretera de Vitoria, donde pegado a la ciudad se encontraba el pequeño núcleo de Gamonal, pueblo independiente (también Vivar, donde el Cid, está muy cerca) que tuvo su protagonismo en la Guerra de la Independencia, y que en el franquismo desarrollista cambió por completo su fisionomía.

A lo largo de la antigua general (como se denomina a las carreteras nacionales que atraviesan poblaciones de relieve, dando a entender que hay otro tipo de carreteras secundarias) se desarrolló un modelo urbanístico digno de mención, por ser horrible de principio a fin. Un gran muro continuo de bloques de diez y más alturas, separados por cuatro carriles de circulación, y sin plazas de aparcamiento, porque nunca se creyó que el obrero medio que iba a habitar esos productos de los sesenta y los setenta llegase a tener uno o dos vehículos en propiedad.

Render del bulevar propuesto

Es una densidad de población que espantaría a cualquier urbanista, similar a la del Barrio del Pilar en Madrid, otro delirio de la misma época y con las mismas funestas consecuencias. Sin embargo, tiene densidad, eso que tanto se evita con el urbanismo moderno de cuatro plantas y los edificios separados, para que nunca conozcas al vecino, y que tanto se ha aplicado en España con despilfarro de suelo y recursos. De esa densidad y de esa planificación vienen los problemas.

El alcalde de Burgos (recuerden que también lo fue el ex-ministro aznariano Juan Carlos Aparicio, y que fue candidato Álvaro Delgado, ese Jesus Cacho que no llegó a triunfar con sus libros “ETA nació en un seminario” y demás), un Ayuntamiento bastante endeudado, se le ocurrió la idea de mejorar Gamonal por el otro medio existente una vez que se descarta la dinamita: hacer aparcamientos subterráneos y convertir lo que es una de las calles más feas de España en un bulevar, limitando la circulación a dos carriles e instalando un bulevar central para bicicletas.

Hay bastantes ejemplos cercanos donde, un buen uso del urbanismo, mejora la herencia del pasado: la supresión de la “barrera ferroviaria” en Logroño -lo crean o no, atravesaba toda la ciudad en sentido horizontal- o la sangrante cercanía de Vitoria, tantas veces ejemplo en este sentido. E insisto en que Burgos está muy bien, pero Gamonal no: el que defienda lo contrario no sabe de lo que está hablando. O defendiendo.

Como tantas veces en este país, el tema se ha convertido en un asunto de buenos contra malos. Los primeros, como siempre, los inocentes vecinos que defienden su derecho a seguir viviendo en una calle digna de otras latitudes más tropicales y otra época; los segundos, un pérfido alcalde que es manipulado como una marioneta por los constructores, ese poder real a nivel municipal, autonómica y nacional en este país. Y hay verdad en todas las partes.

La obra, presupuestada en nueve millones de euros, se pretende financiar con la venta de plazas de garaje a residentes a 20.000 euros, el precio estandar para este tipo de producto en cualquier ciudad media. Estos estarían situados bajo el nuevo bulevar, que disfrutarían todos los vecinos independientemente de que tengan coche o no, porque en eso consiste la ciudad. Los vecinos, por su parte, alegan que la obra destruirá “cientos” de plazas de aparcamiento en superficie, gratuitas por otra parte, parte que jamás indican. Estando como estamos en Burgos, espero que enmarquen el problema dentro de las cuitas medievales de impuestos y diezmos.

Hoy por hoy, lo único racional en Gamonal

Son operaciones que se han hecho en muchos otros sitios, que causan las molestias propias de una obra, pero que dejan una ciudad objetivamente mejor, y que mejorar un entorno muy desfavorecido. Si tienen la ocasión de pasar por Gamonal, no se pierdan su antigua iglesia, rodeada por todo los lados de carreteras como una isla de religiosidad cercada por el falso Dios del automóvil, que en Burgos da tantos empleos -es líder mundial en fabricante de componentes de automoción- y quebraderos de cabeza.

Sin embargo, los intereses del Ayuntamiento no son meramente altruistas, aunque tampoco son pérfidos en su totalidad, como acabo de intentar explicar. La obra la ejecutará el conocido constructor local Méndez Pozo, que en 1994 fue a la cárcel por un escándalo de corrupción y que posee, cómo no, el Diario de Burgos.

En este buen blog -debería haber uno similar, o más, por cada ciudad o pueblo español- se olían algo desde hace dos años. Pasa igual en todas partes, pero es que aquí incluso ha pasado por la cárcel. Y está en tratos con Ulibarri, el constructor ponferradino de la Gürtel. Es un buen blog, pero que solo ve los defectos a la obra y habla de “élites” y “vecinos”, en un lenguaje criptomarxista que deja la crónica de la fosa séptica de Diagonal en un dechado de buen periodismo (“problema crónico de aparcamiento derivado de la planificación de la zona”).

Yo creo que el problema existente y las posiciones de cada uno (si las plazas de aparcamiento subterráneo fuesen gratis, seguro que no protestaban) están muy claras tras lo expuesto. Lo que deja perplejo son los tres seguidos de kale borroka en un sitio como Burgos. Continua a leggere

Cosas que no se creen (I)

Me gusta mucho Enric González como periodista. Escribe de fábula, tiene una cultura poliédrica que mezcla los gustos elitistas con los populares, maneja la ironía de manera muy poco española y todos los elogios que quieran. No me gusta nada que no se pronunciase sobre la muerte del futbolista Andrés Jarque en Coverciano (Italia), un centro de dopaje reconocido por un gran conocedor de Italia como es el periodista catalán, y que probablemente no lo hiciese por su condición de hincha del Espanyol, ese equipo señor. Esto lo digo porque siempre hay tendencia a idolatrar a la gente especialmente dotada -y Enric González lo es sin lugar a dudas-, cuando tiene las mismas flaquezas, hipocresías y debilidades que todos. No las oculta, pero algunas omisiones dicen mucho más que lo que pueda mostrar.

Ahora tiene una pequeña sección en una revista para gentlemans que no publica fotos de señoras desnudas, un gran acierto, además de querer cuidar los contenidos escritos. Con gran presencia en Internet y crecimiento exponencial, la última columna del gran periodista catalán está obteniendo un inusitado éxito en Internet a base de decir obviedades, pero decirlas muy bien: su especialidad.

Como uno tiende a la dispersión, me apoyaré en el pautado decálogo que establece Enric González para intentar insuflar un poco de vida a este pequeño rincón. Estaré de acuerdo muchas veces con lo que dice, y otras no tanto. Ahora que su pequeño manual de uso va a tener tanto éxito y será enarbolado como memorial de agravios por seguidores del 15-M, la CT (Cultura Española) o el simple castellano tendente a la depresión, nunca viene mal.

La transición del franquismo a la democracia fue un éxito

Jo, y eso que el artículo empieza con un “nos creíamos ricos y resulta que somos pobres”, pero enlaza con esto. La crisis financiera y económica ha sacado a la luz una crisis institucional gravísima, con gran desafección del electorado respecto a sus representantes. Como todas las estructuras, todo va muy bien mientras fluye el dinero, y cuando se corta ese flujo salen a la luz ineficiencias bien conocidas, pero en las que nadie había reparado. Un ejemplo: los 17 Defensores del Pueblo, uno por cada Comunidad Autónoma.
González coge una gran idea-bandera de la actual crispación, la de que la Transición no fue tan modélica, idea ya desarrollado por Gregorio Morán hace bastantes años. Al parecer, nos conformamos con que no hubiese sangre -y la hubo, aunque menos de la esperada/deseada por algunos- y califica el 23-F de “asonada patética”, cuando Milans del Bosch sacó los tanques a las calles de Valencia, entonces y ahora tercera ciudad del país. 
A partir de ahí empieza un batiburrillo de todo mezclado bajo la idea de que la Transición fue “algo superficial”, tutelado por la CEE y la OTAN. Vamos, que no lo quiso el pueblo que iba empujando a la clase política a tomar las decisiones y medidas, entendiendo como pueblo al conjunto de la sociedad, desde el golpismo bunkerizado a la extrema izquierda. 
La CEE tuvo influencia en la Transición, claro. ¿Cómo no iba a tenerla en un país que ya había pedido la adhesión con Franco, y que fue rechazado porque estipula un serio compromiso con los valores democráticos? Si España quería entrar en el club, debía tomar una serie de medidas macroeconómicas difícilmente compatibles con esa economía paternalista del franquismo, con un sector público con gigantismo -baste recordar los astilleros- y escasamente competitivo.
Pero ojito al ataque a la CEE. Hasta esto se tambalea en tiempos de crisis. Da miedo pensar lo que hubiese sido de España sin la CEE y su eficiente tutela. En cuanto a la OTAN, González sabe perfectamente que es un instrumento al servicio de EE.UU, país que con el acuerdo de las bases de 1953 ya tenía todo lo que quería de España. Meter a España en la OTAN -por cierto, lo hizo Calvo-Sotelo en su año y medio en el poder- era meramente crematístico. Eso sí, nos tutelaba…¿de quien? ¿de una amenaza exterior? ¿de una improbabilisima deriva comunista? 
También dirigían “los poderes fácticos”, los financieros y “en menor medida” los religiosos. Vamos, aquí hay que presentar que el pueblo fue pastoreado, que no tomó decisiones por sí mismo, y que prácticamente en el referéndum para la Reforma Política -el del harakiri de las Cortes Franquistas- esos poderes en las sombras metieron la papeleta en el sobre de los españoles. Como ya les dije antes, este tipo de obviedades son muy del gusto de la actual marabunta o zombie-walk que impera por la ciberesfera, aunque mucho menos en las calles o en las urnas.
Todo se basó en un “pacto de desmemoria”. ¿Qué pacto? Esto es un viejo caballo de batalla, muy bien combatido por Santos Juliá. El que quiso recordar, lo hizo, y el que no -que fue la mayoría- no. Se excavaron fosas, se publicaron libros y se habló en el Parlamento con la Ley de Amnistía, todo eso durante la transición. A lo mejor González insinua que fluoraron el agua, a la manera de Dr. Strangelove...
Al parecer, el régimen resultante de todo este tinglado orquestado en las sombras, se basaba en esa desmemoria inducida no se sabe cómo, y también en la “preservación de las estructuras de capital franquistas” (claro, hubiese sido mejor hacer expropiaciones, convertirlo todo en sociedades públicas bajo la tutela del INI), como si la propiedad privada se hubiese puesto en cuestión en algún momento de la Transición. Lamentable.
Además, para completar el panorama, hay “una serie de apaños lamentables”, como el “café para todos” autonómico, que es como una cosa muy de moda. No hace mucho otro bardo catalán como Enric Juliana, mucho menos dotado que González, ha dedicado un libro oportunista sobre la crisis (Modesta España) donde la idea central en esta. El libro es lamentable, envejecerá fatal y está pésimamente estructurado (una metáfora con el Caballero del Verde Gabán quijotesco, un capítulo entero a la religión: escribe en La Vanguardia), pero es muy indicativo del debate.
Las CC.AA han sido un intento muy eficaz para solucionar un problema con el que, como decía Ortega, sólo se puede convivir, nunca solucionar, como es el de regiones de España donde hay un marcado sentimiento nacional ajeno al centralista-castellano. Ha sido un intento, porque iban bien mientras había dinero. Eso se ha acabado y de ahí viene el intento del partido centralista y que se arroga de los más rancios valores de la españolidad de acabar con ellas, aprovechando la crisis. 
Esa será una de las salidas-consecuencia de esta crisis sistémica, la crisis de nuestra vida, cuyos horizontes finales, y como en el tiempo de la Transición, hitos de paso, todavía desconocemos por completo. De cómo se afronte, y en qué grado de arrogancia, dependerán muchas otras cosas. El “café para todos” fue un exceso, como todo, pero no era algo perverso en su concepción inicial. En cuanto a los fueros vascos, poco que comentar: por eso es una región modélica. Que pregunte en Cataluña que tal sienta destinar el 10% de tu PIB a financiar cortijos en Extremadura, mineros silicosos en León y estudiantes universitarios de 35 años en Madrid. 
Como coda, al parecer “se sacrificó la justicia en el altar del orden y, encima, se glorificó el resultado”. ¿Qué otra justicia hubiese sido posible? ¿Una Transición incontrolada, con tribunales públicos, quemas de centros de poder y asambleas populares? ¿Eso hubiese sido más “justicia”? No tengo que poner “lo siento”: prefiero el orden, aún cuando viniese de un régimen tan cavernario como el franquismo, a los monstruos que salen de las situaciones incontroladas. 
En cuanto a “glorificar el resultado”, creo sinceramente que una de las cosas que explican esta grave crisis de confianza en las instituciones es no haber consolidado un régimen de ensalzar el proceso de la Transición. Al principio se centró todo en el Rey, después cada CC.AA  hizo lo suyo y se dejó de lado el pueblo, creando una serie de hitos o pasajes al margen de los más evidentes (la Constitución, el 23-F). Así va la cultura democrática: un juntaletras (muy dotado, pero no es más que eso) pare este decálogo enrabietado y muy poco reflexionado, y millones de adeptos lo van a adoptar como la verdad revelada. 
Es corto, es sencillo, da explicaciones fáciles y pone todo patas arriba. Si todo fue tan maquiavélico, tan tutelado y, por lo visto, tan fallido, ¿cómo han sido posibles estos 30 años de prosperidad, abruptamente amputados por una crisis que transciende nuestras fronteras? No será todo por el flujo de dinero. Sin embargo, González adopta el ideario de los resentidos: es más, les da lustre, prestigio y alcance. Yo creo que la Transición del franquismo a la democracia fue un éxito, y los argumentos de los que piensan lo contrario no me convencen. Grado de acuerdo con el artículo: 20%
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El País tiene a sueldo a la bloguera y disidente cubana Yoani Sánchez, igual que otros medios tienen al insufrible Raúl Rivero por los mismos méritos. Los dos son deleznables si no fuese por la historia a la que se enfrentan. Sin embargo, es un ejercicio de hipocresía mayúscula encargar como hace El País a su bloguera un reportaje sobre los nuevos restaurantes en La Habana. Los habrá probado todos. En un país como Cuba, con serios problemas para garantizar el aporte calórico diario a su población. De eso no hablarán, no. Continua a leggere