LA DEMOCRACIA COMO PROYECTO ÉTICO-POLÍTICO





Gonzalo Gamio Gehri


Estos dos asuntos constituyen auténticos desafíos éticos y políticos en la lucha por fortalecer la democracia en el país. Las ofertas autoritarias son sumamente seductoras entre nosotros. Sólo podremos combatirlas con eficacia en la medida en que podamos entender la democracia en los términos de un proyecto amplio de desarrollo humano y justicia social,  así como sea posible construir una cultura política basada en el ejercicio de la ciudadanía activa.

 La democracia, sus principios, sus prácticas e instituciones, son en primera instancia instrumentos para lidiar con nuestras vidas y con las vidas de los demás en condiciones de vulnerabilidad e incertidumbre; se trata de herramientas construidas socialmente para lograr la concreción de libertades y de nuestras expectativas de bienestar. El sistema de derechos y las formas encarnadas de autogobierno cívico constituyen medios razonables y eficaces para la consecución de tales fines. Probablemente no existan formas políticas que puedan competir con ella – al menos hasta el día de hoy – en la búsqueda de estos propósitos. Los regímenes autoritarios, estructurados a partir de la supresión de las libertades y de los derechos individuales, concentran el poder en pocas manos. Su preservación se basa en la limitación de las capacidades centrales de las personas.

En este sentido, la democracia constituye un experimento formulado en medio de una historia marcada mayoritariamente por la experiencia de la autocracia y el imperio de diversas formas de desigualdad y discriminación. Consolidar estos principios, prácticas e instituciones implica en buena cuenta remar contra la corriente en mundos sociales y políticos en los que la mentalidad autoritaria tiene un lugar. Este experimento puede fracasar o tener éxito, como cualquier otro proyecto social o político. Considero que se trata de un experimento que merece la pena vindicar, en la medida en que él potencia un conjunto de disposiciones humanas intrínsecamente valiosas. Podrá realizarse en la medida en que los ciudadanos estemos dispuestos a ponerlo en ejercicio, incluso en situaciones adversas, a través de prácticas compartidas en los espacios comunes. Cultivar el discernimiento y propiciar su cuidado en los escenarios del sistema político y la sociedad civil no es una tarea sencilla. No obstante, constituye un paso necesario en el desarrollo de la esfera pública si pretendemos construir formas de vida orientadas por el ejercicio de la libertad.





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NOTA:  Esta es la primera sección de un escrito más largo – aparecido en el último Número de  Páginas - , que iré publicando aquí.


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SOBRE DEMOCRACIA Y ‘CIUDADANÍA EFECTIVA’

Gonzalo Gamio Gehri
Uno de los grandes desafíos de la democracia consiste en mostrar que ella es un instrumento eficaz para lograr la inclusión y el desarrollo. Con frecuencia, el imaginario autoritario asocia la labor de los regímenes autocráticos con la disposición de los caudillos a llegar a diferentes regiones del país – lugares generalmente desdeñados por los políticos tradicionales – para realizar obras de infraestructura y dispensar beneficios materiales entre la población. Con frecuencia, estas acciones son bien recibidas por un sector importante de los habitantes de la localidad. Sin duda, estas actitudes están vinculadas a la práctica de políticas clientelistas. Sin embargo, debe quebrarse – en el terreno de la práctica – el mito de que las políticas democráticas son compatibles con el desamparo de las comunidades más alejadas del país.
La democracia tiene una dimensión social, consistente en el diseño, la discusión y la ejecución de políticas públicas que permitan promover una ciudadanía efectiva, a saber, que todos los miembros de la sociedad – en especial la población más vulnerable – pueda acceder al ejercicio de sus derechos fundamentales, incluyendo aquellos que entrañan el logro de bienestar, salud y seguridad. Hace poco tiempo, el economista Javier Iguíñiz  señaló que uno de los problemas cruciales que nos toca enfrentar como sociedad es el de luchar para garantizar para todas las personas es el derecho a la vida, el derecho a no  morir de hambre, y a contar con atención médica; en suma, el derecho a no estar expuesto a una muerte prematura. La pobreza se revela como una absoluta situación de indefensión como carencia real de derechos y de libertades básicas.
Constituye un profundo error identificar el desarrollo con el mero ‘crecimiento económico’, vale decir, el exclusivo incremento del PBI per capita. Este indicador no da razón acerca de cómo se distribuye el ingreso, no precisa cuán grande es la brecha entre los que más tienen y los que tienen menos, entre otras cuestiones elementales de justicia social. El compromiso con el derecho a la vida implica la necesidad de establecer los mecanismos institucionales y las políticas que posibiliten que el bienestar llegue a todos, dando prioridad al sector más vulnerable de la sociedad. La inclusión socioeconómica y política que se pretende alcanzar plantea promover un principio de igualdad de oportunidades que permita que las circunstancias vinculadas al nacimiento, la crianza o la clase social no sean criterios decisivos para el logro de una vida plena para las personas.
 Necesitamos concebir el desarrollo de una manera más amplia, o más precisamente,  multidimensional. Hace décadas que Amartya K. Sen y Martha C. Nussbaum han construido un enfoque de desarrollo humano articulado no desde lo que las personas ‘tienen’, sino el tipo de actividades que pueden realizar con lo que tienen, así como la clase de vida que pueden elegir llevar con sus semejantes. Este enfoque interdisciplinario está basado en las diversas capacidades que las personas pueden adquirir y ejercer en el curso de sus vidas con el apoyo de las instituciones sociales y políticas[1]. Estas capacidades sólo pueden cultivarse en la medida en que existan condiciones sociales para ello, oportunidades que un sistema legal y político propicio podría justificar y promover en diferentes espacios de la vida social.
En la versión que Martha Nussbaum elabora de este enfoque, se propone una lista de diez capacidades que constituyen áreas básicas del funcionamiento humano: Vida; salud física; integridad física; sensibilidad, imaginación, pensamiento; afiliación; emociones; razón práctica / agencia; vínculo con las otras especies; ocio y juego; control sobre el entorno (económico y político). Se trata de una lista que ha sido confeccionada a partir de un riguroso diálogo intercultural e interdisciplinario, que establece que estas capacidades son componentes de una vida plena. El Estado democrático – liberal ha de constituir el trasfondo público que promueva la adquisición y el ejercicio libre de estas disposiciones distintivamente humanas. Nuestras instituciones sociales y políticas podrán ser entendidas como justas en la medida en que propicie el cuidado de estas capacidades centrales[2].

De tal manera que el desarrollo humano no consiste exclusivamente en la asignación de bienes y recursos, sino en la promoción de capacidades. Se trata de propiciar contextos en los que las personas elijan conscientemente el modo de llevar a la práctica estas capacidades (lo que propiamente es descrito por Amartya Sen como “funcionamientos”). Un régimen político fundado en el sistema de derechos impulsa capacidades, no funcionamientos, dado que deja espacio al discernimiento y la decisión de los agentes acerca de cómo realizar sus capacidades. El desarrollo es concebido en esta clave de reflexión en términos de ampliación de libertades sustanciales.
La estructura de la democracia liberal converge estrictamente con el enfoque de capacidades. Este enfoque está conectado éticamente con la perspectiva de los derechos. Por principio, si X es una capacidad sustancial, entonces las personas deberíamos tener derecho a realizar X. El reto social y político estriba precisamente en darle concreción a este principio. En la lista de Nussbaum, la vigencia cabal de la democracia implica la defensa del acceso universal a todas las capacidades. En el ámbito propiamente político, la democracia como forma de vida – como héxis, es decir, como “hábito” – está comprometida con el cultivo de la afiliación, la razón práctica y el control sobre el entorno. Un sistema público basado en el autogobierno ciudadano y en los derechos fundamentales requiere personas dispuestas a asociarse con otros para generar organizaciones vertebradas a la luz de propósitos comunes, así como personas que deliberan juntas para elegir cursos de acción compartida que les permitan hacerse cargo de su destino[3].
En este horizonte de pensamiento y de práctica, el acceso a los servicios de salud y educación de calidad resulta fundamental. Una vida orientada por la libertad requiere de la satisfacción de la vida, la salud y la integridad física, así como el cuidado de las disposiciones de orden cognitivo. Si el contar con un tratamiento médico eficaz y una formación ética e intelectual de calidad requiere de tener dinero, entonces el proyecto de edificar una comunidad de ciudadanos está condenado al fracaso. Como Michael J. Sandel ha señalado con agudeza, la escuela pública tiene que convertirse en un espacio de encuentro dialógico de niños y jóvenes de diversos orígenes y culturas, de modo que descubran en los procesos de aprendizaje los múltiples aspectos de una identidad política común y deliberar sobre sus fuentes y metas para la existencia de las instituciones[4]. Sin esa identidad colectiva y plural, difícilmente podremos cimentar una vida pública inclusiva.


NOTA:  Esta es la primera sección de un escrito más largo – aparecido en el último Número de  Páginas - , que iré publicando aquí.


[1] Cfr. Sen, Amartya Desarrollo y libertad Buenos Aires, Planeta 2000; Nussbaum, Martha C. Crear capacidades. Barcelona, Paidós 2012.

[2]Consultar en este punto Nussbaum, Martha C.  Fronteras de la justicia. Barcelona, Paidós 2007 capítulo V.

[3] He discutido el concepto de ciudadanía en Gamio, Gonzalo “El cultivo de las Humanidades y la construcción de ciudadanía” en Miscelánea Comillas. Revista de Ciencias Humanas y Sociales Vol. 66 (2008) Nº 29 pp. 237 – 54.
[4] Consúltese Sandel, Michael J. Justicia ¿Hacemos lo que debemos? Barcelona, Debolsillo 2013 capítulo 4.

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REFLEXIONES SOBRE UNA CONVERSACIÓN ALECCIONADORA







Gonzalo Gamio Gehri


Hace meses que quería escribir sobre este tema. Hará medio año que José Carlos Agüero y Renato Cisneros fueron entrevistados por Jaime de Althaus. Ambos han escrito libros (uno es un ensayo testimonial, el otro una novela) en los que re-visitan sus vidas para intentar esclarecer etapas cruciales de la historia a través de las acciones y del carácter de personas concretas. Tanto Los rendidos como La distancia que nos separa dan fe de la dura y compleja relación con los padres – y con la comunidad entera – durante los años del conflicto armado interno.


La conversación es fluida, a pesar del descuido de las preguntas del entrevistador, y el intercambio entre los autores es esclarecedor e importante. El trasfondo de este diálogo es el de las posibilidades de abrir una nueva etapa de encuentro post-violencia en el Perú. Formular en el contexto de una actividad cotidiana como conversar lo que implica “forjar la reconciliación”. Ese tipo de procesos pueden empezar – como han sugerido los interlocutores – con una conversación, sin imponer una meta definida e incuestionable, sin sentir la presión de lograr esa meta.


Una idea crucial para comprender ese proceso (y quizá, emprenderlo) es la de abandonar una mentalidad basada en absolutos, que supone “saber” – de una manera apodíctica – qué es la “justicia social” (integrismo de extrema izquierda) o qué es el “desarrollo” (integrismo neoliberal, de extrema derecha) y obligar a los demás a aceptar ese ideario y ejecutarlo, usando la fuerza. Hacer pasar como una “ciencia” lo que es una ideología que invoca la violencia para encarnarse en la sociedad. Te impongo la “revolución” o el “progreso”, aún en contra de la voluntad de los afectados. Rechazar ese supuesto nefasto y lamentable, para instalar en su lugar prácticas de comunicación en un marco ético / público que valore la diversidad.


Los libros destacan la necesidad de “humanizar al otro” para propiciar ese potencial nuevo tiempo. Ambos autores se han declarado partidarios de la justicia y son contrarios a cualquier estrategia de impunidad, por supuesto. “humanizar al otro” implica desechar las caricaturas que las ideologías radicales imponen por doquier, y que sirven para estigmatizar y eliminar al enemigo. Decir que quienes han difundido ideologías fanáticas y que incluso han perpetrado delitos son seres humanos no implica “disculparlos”, todo lo contrario: se trata de mostrar que cometer crímenes atroces son escalofriantes y repudiables posibilidades humanas. Precisamente porque sabemos que los seres humanos pueden cometer terribles violaciones de derechos humanos es que podemos estar preparados para asignar responsabilidades, castigar a los culpables y tomar medidas para prevenir esta clase de acciones[1]. Observar la humanidad en el otro – incluso en el enemigo o en el preso – permite construir una imagen más precisa para entender, juzgar con rigor y prevenir.


La caricatura mina la memoria. Mientras nos aferremos a las etiquetas y a las caricaturas, el proceso de maduración de nuestro país como sociedad democrática permanecerá como un postulado impracticable. La conversación llevada a cabo en este espacio televisivo es la expresión un inicial ejercicio de memoria interpersonal sumamente provechoso e inspirador. Me parece que es un camino que hay que transitar aquí y ahora. Los escritos que evocamos constituyen un paso importante en el trabajo de rememoración concreta que necesitamos en el Perú.



[1]Todorov, Zvetan “La memoria como remedio contra el mal” en: La experiencia totalitaria Barcelona, Galaxia Gutenberg 2010 p. 282.

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EL RACISMO, LA EDUCACIÓN UNIVERSITARIA Y EL “REALISMO DE MERCADO”



Gonzalo Gamio Gehri

Increíble lo que ha pasado en la Universidad SanMartín de Porres hace unos pocos días. Y la respuesta del Decano de la Facultad de derecho resulta aún más sorprendente. De acuerdo con lo señalado por una testigo del incidente, las autoridades de la Facultad consideraron pertinente tomar fotos en una clase en el contexto de la campaña de publicidad. La persona denunciante indica que, en medio de la clase, por disposición de las autoridades, entraron 10 alumnos blancos (da la casualidad que todos eran blancos) yse intercalaron con los alumnos que estaban en el salón, luego procedieron a tomar las instantáneas”. Estos alumnos no eran parte de la clase. La alumna que comenta el hecho sostiene – con razón – que esta acción puede calificarse como racista. El incidente provocó una serie de reacciones y comentarios, que motivaron que el Decano, Ernesto Álvarez Miranda – ex presidente del Tribunal Constitucional  – escribiera una nota sobre el tema.

“No creerán que luego de haber presidido el TC resulto ser racista, pasa que para hacer publicidad a colegios de nivel B hay que ponerse en la mente y gustos de chicos y chicas de 16 años. No comparas planes de estudio ni corrientes jurídicas, sino que ojeas el folleto de admisión y eliges el lugar donde encuentras gente que quisieras conocer por los motivos más frívolos y superficiales”.

Es lamentable constatar la cantidad de prejuicios y estereotipos que presenta esta asombrosa respuesta. La nota empieza con una evidente falacia (la idea es “no puedo ser racista si he presidido el Tribunal Constitucional“). Se asume que “los colegios de nivel B” cuentan con estudiantes de un cierto “perfil”, y que en general la clase media está compuesta por personas de un determinado fenotipo. El texto supone que los postulantes eligen presentarse a una u otra universidad sin tomar en cuenta alguna consideración académica o profesional.  El decano minusvalora a los alumnos escolares de una manera que resulta a todas luces ofensiva. Sostener que los móviles de los estudiantes para escoger universidad constituyen “los motivos más frívolos y superficiales” es, por lo menos, una generalización altamente discutible. No es la respuesta que uno espera de una institución que pretende ser formadora de la juventud.

Pero hay un asunto, si cabe, más grave. La USMPse precia de tener una prestigiosa Facultad de derecho. Se supone que la razón de ser de su existencia es la preocupación por la justicia en nuestra sociedad. La idea de introducir muchachos blancos en la clase como una estrategia de marketing refuerza prejuicios racistas que vulneran la dignidad y la igualdad de las personas y lesionan la democracia. Una universidad que respeta los derechos humanos – y que los concibe como algo más que normas y procedimientos puramente formales – no debe renunciar a formar el juicio de las personas, a educar, y a combatir cualquier forma de discriminación. Entregarse a las exigencias de la mera mercadotecnia incurriendo en prácticas racistas equivale a claudicar en la tarea de hacer pedagogía moral y política en la universidad. Las universidades no son meras empresas que por todos los medios se proponen competir para captar un buen número de estudiantes matriculados. El funesto decreto legislativo 882 – un decreto fujimorista – generó una peligrosa distorsión de la misión universitaria; fomentó la creación esos centros de dudosa calidad que invocan la existencia de una “raza distinta” (para citar otro ejemplo, especialmente patético) cuyos exponentes perciben toda transacción humana e institución desde la lógica de los negocios. 

No dejemos que las universidades abjuren de sus fines en nombre de meras motivaciones económicas. La universidad debe ser un espacio de conciencia crítica que interpela las presuposiciones y prácticas que debilitan la cultura de derechos en el país. En el caso específico de la USMP, hay que felicitar la iniciativa de los propios alumnos de denunciar el hecho. La respuesta del decano sí preocupa, se esperaría alguna rectificación de su parte, cuando menos. La apelación a un supuesto “realismo de mercado” – la aspiración a llegar a un determinado público para captar postulantes – no puede oscurecer un propósito crucial de una genuina universidad: construir conocimiento para formar una sociedad autoconsciente y justa, que defiende los derechos de sus ciudadanos.














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SOBRE RECONCILIACIÓN, JUSTICIA Y PERDÓN. OTRA NOTA SOBRE "LOS RENDIDOS"


Gonzalo Gamio Gehri

Quisiera discutir algunas ideas del texto de José Carlos Aguero – Los rendidos – que son bastante controvertidas. Algunas ideas sobre la complejidad del concepto de víctima. La víctima es alguien que ha sido tratado con injusticia, de modo que su cuerpo y alma han sido dañados en circunstancias no deseadas por quien sufre sus efectos. Eso no significa que la víctima sea por sí misma una persona moralmente ejemplar; se trata en realidad de una persona concreta, que ha estado en el lugar incorrecto en la hora incorrecta. Se le han desconocido sus derechos básicos, se ha negado su identidad como ciudadano y su condición moral de individuo. La víctima no lo es por reunir ciertos estándares de pureza. Ha sucedido en la Alemania nazi, en la Rusia estalinista y en el Perú: los victimarios pueden convertirse en víctimas, las víctimas pueden convertirse luego en victimarios. Todorov lo ha explicado con rigor. podemos pensar en posibles casos hipotéticos. Condenados por delitos probados de terrorismo pueden encontrar la muerte en la represión de un motín en la cárcel. O un militar sentenciado por tortura que es víctima de un atentado subversivo. Esas muertes, no obstante, tienen lugar en un contexto de injusticia. Las ejecuciones extrajudiciales constituyen delitos contra los derechos humanos. Un preso pierde el derecho al libre tránsito mientras cumple su condena, pero no ha perdido su derecho a vivir. Para la acción de la justicia es importante reconocer la condición de víctima y victimario cuando estas recaen en una misma persona, y deben ser consideradas y evaluadas de manera diferenciada, para asignar sanciones y ponderar reparaciones, cuando éstas son necesarias. Se trata de imputaciones distintas: ambas son valiosas en la medida que se trata de dar a cada cual lo que le corresponde[1].
“La víctima (…), está allí, aunque no se le quiera ver o se la descarte del lenguaje. En algún lugar del mundo alguien se conduele de un deudo de una guerra, en secreto. Quizá un vecino. Y quizá nunca lo sepas porque quizá calle toda su vida”[2]

Las víctimas – sean quienes sean – merecen ver restituidos sus derechos, en los términos en que un ciudadano y una persona humana los posee. Tienen derecho a conocer la verdad acerca de lo que le sucedió a él o a sus seres queridos. Tienen derecho a la justicia, a participar de un debido proceso que esclarezca la responsabilidad de sus agresores, de modo que éstos reciban una sanción que corresponda a aquello que establece la ley. Tienen derecho a ser reparadas a partir de las medidas equitativas que determinan las instancias del Estado que se ocupan del ejercicio de este tipo de políticas de derechos humanos. Tienen derecho a recuperar su lugar en la sociedad, junto a los suyos, y continuar con sus vidas en paz. Una vez cumplido el proceso de duelo y habiéndose logrado los propósitos de la justicia y la reparación, quienes una vez sufrieron inmerecidamente violencia reasumen la conducción de sus vidas.
El rol de las víctimas en el proceso de reconciliación social es sin duda crucial. Se trata de un proyecto ético y político que se propone reconstruir lazos sociales lesionados por la violencia y construir una auténtica ciudadanía democrática. El perdón constituye una opción libre que puede afrontar la víctima si lo considera correcto: es esencialmente un acto voluntario, no una obligación. Es el camino que discierne el autor en este libro. Argumenta que el perdón implica asumir la actitud moral de “rendirse”, en el sentido de deponer una actitud de rencor y anhelo de revancha frente a los perpetradores – cuya necesaria sanción está en manos quienes hacen justicia en el ámbito público -; perdonar entregarse a los demás en una dinámica de escucha y acogida de los otros. El ejercicio del perdón es una figura existencial específica  – eminentemente práctica – al interior del horizonte más amplio de la reconciliación.

[1] Esto significa que ninguna de estas condiciones elimina o “compensa” a la otra.

[2] Agüero, José C. Los rendidos. Sobre el don de perdonar. Lima, IEP 2015 p. 115.

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PRIMO LEVI: EL CUIDADO DE LO HUMANO Y LA ÉTICA DE LA REMEMORACIÓN





Gonzalo Gamio Gehri

Hace tiempo que no leía un libro tan inspirador. Si esto es un hombrede Primo Levi describe los denodados esfuerzos de un grupo de seres humanos recluidos en Auschwitz por evitar la muerte y combatir la deshumanización que se promueve desde el Lager. Con una pluma sutil e iluminadora, el autor nos sumerge en el corazón mismo de la tragedia humana. Hacer memoria constituye a su juicio una condición para hacer justicia a quienes no sobrevivieron y permite abrigar la esperanza de que la humanidad aprenda de esta terrible experiencia. Rememorar la Shoahimplica decir “nunca más”, procurar trazar un límite entre nosotros y aquellos funestos acontecimientos.
“Entonces por primera vez nos dimos cuenta de que nuestra lengua no tiene palabras para expresar esta ofensa, la destrucción de un hombre. En un instante, con intuición casi profética, se nos ha revelado la realidad: hemos llegado al fondo. Más bajo no puede llegarse: una condición humana más miserable no existe, y no puede imaginarse”[1].

El libro retrata una situación de absoluta degradación y desesperanza. Luchar a muerte por un trozo de pan adicional o por un par de botones, delatar al vecino por un poco más de sopa. Los nazis construyeron en los campos de concentración un sistema jerárquico que encargaba a los propios judíos el cuidado de la disciplina entre los internos: el Kapo se convirtió en una figura particularmente despiadada, que no dudaba en someter a sus propios compañeros a tratos crueles con tal de agradar a las autoridades del campo y  así hacer más soportables las condiciones de su propia reclusión. Generar la división entre los internos, fomentar el robo y el trato violento constituyó una estrategia sistemática para ejercer un control absoluto sobre las personas. Se trataba, asimismo, de despersonalizar a los internos, para minar cualquier posibilidad de resistencia contra su cautiverio. Era parte de una política de genocidio, conducente a la erradicación de quienes los nazis tenían por “seres desechables” [2]. La destrucción de lo humano en los campos obedecía a un programa cuidadosamente diseñado.
“En la práctica cotidiana de los campos de exterminación se realizan el odio y el desprecio difundido por la propaganda nazi. Aquí no estaba presente sólo la muerte sino una multitud de detalles maniacos y simbólicos, tendientes todos a demostrar y confirmar que los judíos, y los gitanos, y los eslavos, son ganado, desecho, inmundicia. Recordad el tatuaje de Auschwitz, que imponía a los hombres la marca que se usa para los bovinos, el viaje en vagones de ganado, jamás abiertos, para obligar así a los deportados (¡hombres, mujeres y niños!) a yacer días y días en su propia suciedad; el número de matrícula que sustituye al nombre, la falta de cucharas (y, sin embargo, los almacenas de Auschwitz contenían, en el momento de la liberación, toneladas de ellas), por lo que los prisioneros habrían de lamer la sopa como perros; el inicuo aprovechamiento de los cadáveres, tratados como cualquier materia prima anónima, de la que se extraía el oro de los dientes, los cabellos como materia textil, las cenizas como fertilizante agrícola; los hombres y las mujeres degradados al nivel de conejillos de indias para, antes de suprimirlos, experimentar medicamentos”[3].

En este libro encontramos poderosas reflexiones sobre lo humano y sus posibilidades, aún en estas terribles circunstancias de humillación y de encierro. A pesar del maltrato y el hambre, Levi decide luchar en contra de las fuerzas que intentan destrozar su cuerpo y doblegar su espíritu. Se da cuenta – por ejemplo – de que puede recordar la fuerza interior de lo humano evocando las grandes palabras de los antiguos poetas: esto lo descubre cuando recita de memoria los versos de Dante del célebre Canto de Ulises en la Divina comedia. Tenía la intención inicial de enseñarle algo de italiano a un compañero francés; de pronto, los versos reabren las puertas de su mente y su corazón a pensamientos y emociones que creía ahogados en el profundo abismo de la desesperanza y del miedo. Esa experiencia lo impulsó a plantearse el proyecto de escribir sobre su propio Infierno y así advertir a otros de que los campos de concentración sí fueron reales.

En lo personal, debo decir que hace tiempo que no leía algo tan valioso y esclarecedor sobre la condición humana. Un texto que da que pensar y mueve poderosamente el alma hacia la empatía. Recomiendo su lectura con especial consideración. Se trata de una forma diferente de estudiar lo humano: configura un horizonte que nos permite acercarnos con ojo crítico a otras experiencias de violencia, como los sucesos recientes en la franja de Gaza o en Irak, llevados a cabo por otros perpetradores y en nombre de otras variantes del odio. Primo Levi ofrece una mirada hacia lo humano arraigada en lo narrativo y en lo práctico en su sentido más antiguo. Estamos acostumbrados, lamentablemente, a pensar al ser humano desde las categorías de la antropología metafísica esencialista, tan apreciada por el conservadurismo teológico y político. El riesgo de la abstracción y de la desvinculación con lo práctico es, por desgracia, considerable en esos enfoques, que a menudo pueden desembocar – involuntariamente o no – en visiones totalitarias de la moral y de la política. En contraste, esta hermenéutica de lo trágico nos acerca al trabajo de la investigación ética griega, aquella que contrasta experiencias y juicios prácticos contrapuestos, de modo cultiva “el poder dialéctico de comparar concepciones alternativas de un modo perspicuo al oponer sus rasgos más destacados”[4]. Ese tipo de reflexión apunta a la comprensión y a la defensa del ser humano concreto, libre de generalizaciones que pueden convertirlo en una mera idea, o en un objeto más del mundo.



[1] Levi, Primo Si esto es un hombre Barcelona, Nuchnik Editores 2002 p. 13.
[2] Revísese Lepenies, Wolf “La intolerancia, esa terrible virtud” en: Varios autores La intoleranciaBuenos Aires, Gránica 2007 p. 93.
[3] Levi, Primo Si esto es un hombre op.cit. p. 109.
[4] Nussbaum, Martha “Leer para vivir” en: El conocimiento del amor Madrid, Machado Libros 2005 p. 432.

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ESQUEMA SOBRE POLÍTICA, SOCIEDAD DEMOCRÁTICA Y JUSTICIA






Gonzalo Gamio Gehri

I.- DEMOCRACIA

}  Tomar distancia del concepto de democracia basado en la etimología (Démos / Krátos)[1].

}  “Pueblo” es una categoría equívoca (se la interpreta en términos de unanimidad).

}  Todos los tiranos han sido en su momento “populares”.

}  Una forma de vida política que atiende a la distribución del poder.


1. Herencia liberal

}   Sistema de derechos universales.

}  Mecanismos de representación política.

}  Separación de poderes al interior del Estado.

}   Fronteras  institucionales: Estado / Mercado / Iglesias / Universidades / Sociedad civil.

}  Secularización de la política.


2. Herencia clásica.

}   Noción de ciudadanía como agencia política.

}   Participación del ciudadano en la cosa pública.

}   Autogobierno como una forma de defender derechos.

}   Espacios de la sociedad civil y partidos políticos como potenciales espacios públicos.


2.- DOS MODOS DE INJUSTICIA.

}  Injusticias y fatalidades.

}  Dos modos de injusticia (Cicerón / J. Shklar):

}  Injusticia activa: cuando lesionamos la ley o atentamos contra los derechos de nuestros conciudadanos.

}  Injusticia pasiva: cuando un tercero atenta contra la ley y nosotros – por indiferencia, pereza o complicidad – preferimos mirar hacia otro lado.

}  Idea de injusticia pasiva (Cicerón / Judith Shklar).

}  Categoría cívica fundamental.

}  La ausencia de compromiso cívico refuerza las actitudes autoritarias (Tocqueville).

}  La tesis de la “servidumbre voluntaria” (La Boetie).

}  Idea antidemocrática de las “instituciones tutelares” p.e. (FFAA / Iglesia católica).

}  Tema de la indolencia frente al dolor de las víctimas. Incapacidad de ponerse en el lugar del otro.


3.- MEMORIA Y JUSTICIA

}  Cultura de derechos humanos e Idea de justicia transicional:

}  Forma de investigación y acción política que tiene lugar en procesos de recuperación de la democracia (“transiciones”).

}  Revisión del pasado violento o autoritario como condición para la recuperación de la paz o del orden constitucional.

}  Proceso de carácter público: supone la contrastación de testimonios e interpretaciones en torno a la violencia vivida. La voz de las víctimas tiene prioridad.

}  Memoria es una actividad hermenéutica que hace visible lo invisible (Reyes Mate).

}  El fin de la memoria es hacer justicia. Restituir a la víctima su condición de ciudadano.



[1] Notas para la conferencia dictada en abril en el Diálogo Parlamento transparente y lucha contra la corrupción en el Perú, organizado por Transparencia en coordinación con USAID y el Congreso de la República.  

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REFLEXIONES SOBRE EL CORAJE CÍVICO






Gonzalo Gamio Gehri

La situación del país en materia de corrupción constituye una fuente de inquietud entre los ciudadanos. Lo que viene sucediendo en Ancash y en otras regiones del país es grave: autoridades que se benefician económica y políticamente desde el ejercicio del poder, hostilizando o incluso lesionando a sus potenciales opositores, estableciendo alianzas con congresistas y periodistas en virtud de negociaciones en la sombra. El recurso al espionaje y a los servicios de sicarios para eliminar obstáculos en el camino de ciertos representantes regionales se ha convertido en un signo bastante claro de que algo se pudre desde hace tiempo en la política peruana.

Estas circunstancias ponen de manifiesto de que la corrupción es un fenómeno con el que no se puede convivir sin generar graves peligros contra el sistema de derechos. Ella prospera en tiempos de autoritarismo, y lo alimenta en todos los niveles. La corrupción es un fenómeno ciertamente complejo, que no se agota en el uso de los bienes públicos para obtener beneficios de carácter privado. El espacio de la corrupción no es sólo el Estado. Hablamos propiamente de “corrupción” cuando reconocemos la intervención irregular de la lógica del dinero y el anhelo de poder e influencia en transacciones y actividades humanas en las que se ponen legítimamente en juego otra clase de bienes sociales y recursos. Una definición como ésta permite ampliar la descripción del fenómeno hacia contextos no públicos, y a contemplar el circuito completo, incorporando la figura del corruptor y el corrupto en todos sus escenarios.

La concentración de poder en pocas manos en diversos espacios (Estado, sindicatos, etc.), y  la ausencia de fiscalización efectiva propician el surgimiento de la corrupción. La corrupción mina los vínculos de confianza y pertenencia que requieren las instituciones para sostenerse y funcionar. La fe en la transparencia de las transacciones humanas básicas se va debilitando hasta desaparecer por completo. La cultura de la impunidad  refuerza la conducta corrupta (y corruptora) y desmoraliza al ciudadano. Aquí se hace significativa la noción de “injusticia pasiva” tal como ha sido discutida por Judith N. Shklar en diálogo con la obra de Cicerón y de Giotto. Actuamos de manera ‘pasivamente injusta’ en tanto  cuando un tercero atenta contra la ley y nosotros – por indiferencia, pereza o cobardía – preferimos mirar hacia otro lado. Nos comportamos como súbditos.

Conjuramos la corrupción con instituciones sólidas, con los filtros adecuados y con una práctica cotidiana de rendición de cuentas. No obstante, ninguna de estas condiciones se configura sin acción y vigilancia ciudadana. La corrupción no prospera sin injusticia pasiva. Requerimos ciudadanos dispuestos a considerar la corrupción como una injusticia inaceptable. Que puedan actuar desde los espacios que brindan el sistema político y las instituciones de la sociedad civil. Se trata de escenarios en los que los ciudadanos puedan construir consensos o expresar disensos sobre temas de interés común, y generar formas de vigilancia respecto de la conducta de las autoridades, , que finalmente administran el poder por encargo de los ciudadanos y tienen que responder ante ellos en materia de eficacia, probidad y calidad de la gestión.

 
El conocimiento de la ley, la conciencia del propio derecho a la praxis cívica y la fiscalización de las autoridades constituyen recursos importantes para el control democrático y la defensa de la ética pública. Nada de esto se logra sin coraje cívico, el valor que mueve a los agentes políticos a llamar las cosas por su nombre y a confrontar a las autoridades elegidas que exceden sus potestades y vulneran la ley. Hoy, la hija de un opositor al hasta hace poco mandamás de Ancash pone el ejemplo. Quiere reivindicar la figura de su padre asesinado en oscuras circunstancias y enfrentar a quienes podrían haber propiciado tal delito – un hecho que tiene valor -, pero, aún movida por el dolor, no teme enfrentarse a un poder superior a sus fuerzas. No es la única que se atreve a denunciar la injusticia, ante la incomodidad de un sector de nuestra “clase dirigente”. Hay que quebrar esa lamentable tolerancia a la corrupción que le otorga una aureola de invulnerabilidad a los corruptos.  

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BREVES REFLEXIONES SOBRE EL PERDÓN Y LA JUSTICIA








Gonzalo Gamio Gehri


Leo con interés la entrevista a Carlos Álvarez Osorio en Perú 21, publicada en Navidad. Álvarez desarrolla una intensa labor pastoral en las cárceles, continuando las tareas emprendidas por el P. Hubert Lanssiers, con quien colaboró a lo largo de años. El entrevistado señala que el cuidado del arte puede ser liberador, no sólo del límite físico que suponen las celdas, sino de la prisión espiritual generada por el odio y la desesperanza que provocan el delito y la reclusión. El alma humana puede liberarse a través de una cultura del perdón. La redención y la libertad son posibilidades humanas fundamentales. Álvarez destaca con estas declaraciones algunas dimensiones fundamentales del cristianismo. Luego comparte algunas opiniones que tienen un claro (e importante) filón ético-político.





“¿Qué condiciones especiales tuvo el padre Lanssiers?

Hizo de su sufrimiento una fuerza para comprender al ser humano. Lanssiers decía que el ser humano no se agotaba en sus actos, y que lo que a él le había tocado vivir –estuvo en la Segunda Guerra Mundial– eran acciones humanas funestas, pero a pesar de ello consideraba que el ser humano no estaba acabado, que si uno le ponía una gota de amor y dedicación podría encontrar aquello que todos buscamos: humanidad.


¿Es posible hallar humanidad en el peor delincuente?

Se acaba de morir Nelson Mandela y él es un ejemplo de cómo se puede sobrevivir y seguir siendo noble a pesar de lo horrible que otros seres humanos te pueden hacer. En el Perú hay mucha gente herida, pero si no se curan de ese odio, no podrán vivir en paz. El problema aparece cuando se politiza o se intelectualiza el dolor: si una ideología quiere arreglar los problemas siguiendo sus postulados, estos no se solucionan, el odio permanece. Cuando lo racional prevalece siempre habrá un contrario, un rival a quien acusar. Con el pretexto de la “no impunidad” uno empieza a odiar toda la vida”.


Bueno, en términos generales, es difícil no estar de acuerdo con lo dicho. El odio tiene efectos perniciosos sobre el alma de las personas. Existen muchos estudios de psicología y de ética que lo confirman. Y mucha literatura extraordinaria se ha escrito en torno al sutil y fecundo análisis del carácter destructivo del odio. No tengo dudas acerca de que precisamos de edificar una cultura del perdón y de la reconciliación para combatir el odio. Lo que suscita algunas dudas es la alusión al tema de la “impunidad” aquí. Por supuesto, Álvarez tiene razón acerca de que a veces – le faltó, supongo, acotar eso, o quizás se trata de una omisión en la edición del texto, por eso yo procuro subrayarlo ahora como es debido – “con el pretexto de la “no impunidad” uno empieza a odiar toda la vida”. Sin embargo, debo decir que desde un punto de vista ético, el perdón supone un compromiso básico con la “no impunidad”. El perdón no implica suspender la justicia y “voltear la página”. Hagamos precisiones conceptuales para evitar caer en involuntarias confusiones sobre este asunto crucial.

La acción de la justicia implica combatir los sentimientos de venganza que pervierten las relaciones humanas a todo nivel. Se necesita garantizar procesos de deliberación pública en condiciones de imparcialidad y simetría. La venganza destruye. Pero el perdón no puede imponerse. Es una gracia que concede únicamente la víctima, y nadie puede hacerlo en su nombre [1]. Cuando desde el poder estatal se propone – paródicamente –  “perdonar”, lo que se hace es promover leyes de amnistía, que cancelan las investigaciones judiciales, las penas e institucionalizan el olvido (“el olvido de la huida”). La amnistía busca garantizar la impunidad de los perpetradores.
El perdón es otra cosa. Hannah Arendt ha sostenido con razón que el perdón constituye el gran aporte del cristianismo al pensamiento crítico y a la ética. Quien perdona reconoce al victimario como tal, pero decide contemplar el daño padecido sin la carga del rencor. No opta por el olvido. Se plantea mirar el pasado de otra manera, y así liberarse del peso y la corrosión del odio. Tampoco suspende la sanción, que corresponde a las instancias que correspondan cuando se trata de asuntos de carácter público. El perdón no anula la justicia: esto es válido en el plano de la ética, en la teoría política e incluso – en el plano religioso – en el sacramento de la reconciliación (cfr.Las reflexiones de S. Lerner sobre la materia).  De modo que el perdón está implicado estrechamente en la lucha por la “no impunidad”.

Es fubdamental curar el odio para que la sociedad se reconcilie, y para que la vida triunfe sobre la muerte. Combatamos el odio y el ánimo de venganza, pero también la impunidad. Sin duda, el imperio de la impunidad puede exacerbar el odio. No confundamos las cosas. La cultura del perdón está asociada con el anhelo ineludible de justicia.






[1] Estoy siguiendo los escritos de Hannah Arendt , Paull Ricoeur y Salomón Lerner sobre este concepto moral.

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NOCIONES DE PAZ. UNA NOTA SOBRE LOS ORÍGENES



Gonzalo Gamio Gehri

Johan Galtung, el forjador de los estudios contemporáneos sobre la paz, acuñó los conceptos de “paz negativa” y “paz positiva”, siguiendo el proceder berliniano en torno a la noción de libertad. “Negativo” y “positivo” son expresiones que recogen la dimensión lógica de su uso, como fruto de la negación y la afirmación. Encuentro que estas ideas de paz están arraigadas en las fuentes de la cultura occidental.
Paz negativa es ausencia de guerra. Esta noción se reclama directamente de eiréne, el concepto griego de paz. Éste aludía al tiempo en el que no existían enfrentamientos bélicos con potencias extranjeras o entre las comunidades de la Hélade. Enesos tiempos las póleis se dedicaban a celebrar la matriz espiritual que las hermanaba en rituales religiosos y lides deportivas comunes, a celebrar alianzas estratégicas y a desarrollar el comercio. La pax de los romanos recogió esta dimensión “negativa” de origen griego, pero aportó el elemento de la presencia del poder tutelar de las instituciones jurídicas y políticas herencia de la Repúblicay del imperio. La pax romana era el régimen de ausencia de guerra que existía entre los pueblos sojuzgados por las armas y la autoridad de Roma.
La paz positiva se identifica con el cuidado de la justicia y el bienestar en las relaciones humanas. Si no existe guerra pero las desigualdades sociales o el carácter del régimen político comprometen la supervivencia y el ejercicio de derechos y libertades básicas de los individuos, entonces no puede hablarse propiamente de paz. Si la discriminación o la estigmatización de un sector de la comunidad son prácticas habituales, entonces no hay paz. La violencia suele ser más sutil y compleja, no puede restringirse a la existencia de enfrentamiento bélico y el uso de la fuerza. La violencia es – sostiene Galtung – no sólo directa (física y psicológica), es también estructural y simbólica. Nos hemos ocupado de este tema en otro post.  
Esta idea es próxima al concepto hebreo de Shalom. Es también un saludo genérico, que alude a una compleja red de condiciones que hacen posible una relación interhumana armónica y fructífera. El vínculo interpersonal era fundamental para sostener la vida comunitaria y la alianza con Dios: Martin Buber convirtió la relación yo-tu en el centro de su pensamiento. La confianza, la transparencia en la comunicación, la distribución equitativa de bienes y recursos hacen posible que los lazos sociales se mantengan vivos. Los profetas bíblicos tenían la misión de colaborar con la gente para preservar las condiciones de la justicia. Se convirtieron en críticos sociales que cuestionaban la opresión de los poderosos y la inequidad, y recordaban los contextos y el espíritu de la antigua Alianza del pueblo de Israel. Ejercicio de memoria y justicia eran inseparables.
Las investigaciones recientes sobre la paz recogen implícitamente el legado de estas formas culturales de reflexión y de acción común. El trabajo de Galtung parece ponerlo de manifiesto. Probablemente este antiguo legado sea clave para comprender los conceptos construidos por este autor.

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