Impuestos sobre comida basura

Están los paises innovadores en sus políticas, y están los países subdesarrollados que van siempre por detrás, buscando sólo la galería fotográfica, el impacto mediático y el populismo barato. Sin duda, México está entre esos últimos, especialmente desde que anunciase hace pocos días su intención de sumarse a las Fat Tax.

El impuesto mexicano pretende aplicar un 5% adicional de impuestos en alimentos que contengan más de 275 calorías por cada 100 g Al parecer, el 70% de los mexicanos tiene sobrepeso, y el Gobierno no ha tenido mejor idea que poner ese impuesto, una auténtica política recaudatoria puesto que los consumidores difícilmente irán a por alimentos alternativos en función del precio; de hecho, muchas de las comidas hipercalóricas son difilmente sustituibles y responden al antojo.

Además, no parece que el ejecutivo del televisivo Peña Nieto haya tenido en cuenta el fracaso de las políticas de Fat Tax en países mucho más desarrollados que el suyo propio, donde no deja de encarnar al típico blanquito de la oligarquía local que gobierna sobre 110 millones de ciudadanos que en su inmensa mayoría son de otro color de piel.

Dinamarca, uno de los países más avanzados del mundo y donde la obesidad no es el flagelo de salud pública que supone en México y en EE.UU, dio marcha atrás en su política al comprobar que nada menos que el 48% de sus ciudadanos hacían las compras fuera del país -bien desde Copenhague a Suecia a través del puente de Oresund, bien con la frontera con Alemania hacia los bien nutridos Aldi y Lidl- para evitar el impuesto, que en algunos casos había incrementado el precio de quesos y carne de cerdo en un 25%. Y Dinamarca es un productor mundial de estos productos.

Al igual que en la Ley Seca -o siempre que se ha puesto una barrera al libre mercado que supone ese ejercicio de libertad que es hacer la compra-, los ciudadanos/consumidores buscaban la manera de evitar el fisco recaudador, escondido una vez más bajo el mantra de la salud y el bienestar común, como el impuesto revolucionario que aquí se cobra bajo la fórmula de tasar aún más el precio del combustible con la excusa de financiar la sanidad pública a través del “céntimo sanitario”, céntimo que en Castilla-León sube a cinco céntimos, sin adoptar el plural.

Coincidente con el fracaso danés, también se intentó aplicar medidas similares en Reino Unido -llamado pasty tax-, un país donde el dulce es más barato que el agua y omnipresente en todos los rincones, y también en Nueva York, donde se ha llegado a aplicar a  bebidas carbonatadas e hiperazucaradas, y conocida como Soda Ban. En el caso de la ciudad americana, el multimillonario alcalde Bloomberg se cebó en los formatos de capacidades superiores a medio litro, pero la justicia -que en EE.UU siempre defiende la libre elección y la libertad de mercado- tumbó los planes del oligarca. Porque también hay oligarcas que no son rusos. 

Era el año 2012 y fue la edad de oro de las Fat Tax. Evidentemente, el fracaso danés hecho atrás a todos los posibles abogados en pro de la salud individual y colectiva, siempre dispuestos a hacer de salvapatrias y arterias a la menor de las ocasiones, pero ya habían conseguido embaucar a responsables en Francia e Italia, e incluso en España empezó la campaña de propaganda.

De hecho, hubiese estado bien como continuidad a la ocurrencia que en 2007 tuvo la inestable y desquiciada gallega Elena Salgado, por entonces Ministra de Sanidad de Zapatero. La autora de la expresión “brotes verdes”, la de la “batalla de la sanidad”  anunciada en El País Semanal, fue una pionera y denunció que una hamburguesa determinada de Burguer King contenía casi 1000 calorías y “superaba las recomendaciones internacionales de grasa saturada”.

Dada las características de Ministerio de Sanidad, creó una alerta alimentaria y una mala imagen para la compañía en lo que parecía otra de las batallas zapaterianas contra molinos de viento, mientras al mismo tiempo se daban visados de obra para 800.000 viviendas al año: por eso había tiempo para perderlo en esas estupideces, o con la estúpida de bote de la Salgado, la misma que se candidó a la presidencia de la OMS sin ser médico.

Evidentemente, se han hecho grandes avances en la salud pública con medidas centrales: una de ellas ha sido reducir la cantidad de sal en la barra de pan, aunque en algunos sitios siguen vendiendo auténticas piedras de sal moldeadas con forma de barra de pan. Es una medida efectiva, con beneficios directos -pan se come cada día, hamburguesas no- y, especialmente, sin impuestos añadidos.

A nadie escapa que intentar desincentivar el consumo de unos alimentos que en muchos casos presentan rasgos de adicción -esa gente que bebe Coca-cola como sustituto del agua- con impuestos no es más que una medida recaudatoria, y que la salud es secundario. A ver como acaba el asunto en México, pero conociendo el país y el chacalismo de su clase dirigente, peor que el problema que intentan solucionar.

Aquí en España, donde la Marca España presume de ser el primer país productor de aceite de oliva del mundo (800 calorías por cada 100 ml, uno de los alimentos más hipercalóricos existentes, por mucho que se venda casi como una medicina), ya estamos preocupados porque en Reino Unido etiquetan los productos elaborados con la sangre de Jaén como lo que realmente son, aunque jamás los vendan con esa imagen. Al contrario. Aquí no ponemos ni el etiquetado adecuado, no vaya a ser que alguien algún día se den cuenta. Y cuando se ponga, a lo mejor también viene con un impuesto, porque en el sur de España la obesidad empieza a adquirir proporciones norteamericanas.
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La capital de la Comunitat Valenciana hace tiempo que está en Palermo.
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Cinco años del calado del túnel de Pajares, cinco años, y todavía sin abrir. Y una vez que se abra, el panorama en la simpática provincia asturiana es desolador: desde 2005 se han perdido 3 millones de viajeros de tren a favor de El Monopolio, nombre con el que no opera la famosa compañía de transporte de viajeros por carretera con origen en Asturias.
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De la serie Pasear chapa, llega una línea de media distancia con una tasa de cobertura con venta de billete de un espectacular 12´3% del coste del servicio. Fíjense cómo en la noticia se cita explícitamente a El Monopolio, camino de serlo aún más.
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Vivir de los manifestantes.
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Valencia no tiene quien le escriba

Una gran edición la de aquel año

Tampoco hay que evitar los elogios cuando son merecidos: el reportaje de Josep Torrent sobre cómo la Comunidad Valenciana se ha quedado sin sector financiero en unos pocos meses es de lo mejor escrito que he leído en este año en la prensa española. Los mimbres no faltaban, pero se agradece el uso de un lenguaje que debería ser propio del periodismo -y más en estos casos- y que, hoy por hoy, vemos como una cosa extraordinaria cuando no debería ser así.

“Asalto”, “Ambicioso”, “Ansioso” o “los problemas de este político, correoso y frío como pocos” pueden inducir a pensar que este reportaje está lleno de insultos y descalificaciones, pero no: insisto en que está muy bien escrito, documentado e hilvanado, con momentos terroríficos de sólo imaginarlos, como por ejemplo la reunión en la que Zaplana repartió el poder. Sinceramente, recomiendo que lo lean.

No puedo añadir nada a lo relatado, y los efectos están a la vista de todos: tras Bancaja y la CAM, el último banco valenciano en caer ha sido el Banco de Valencia. Era el banco más antiguo -fundado por asturianos, como relata el experto conocedor de la historia empresarial de Asturias Javier Cuartas- y también el más débil comparado con los poderosos cimientos de barro y paja (¡un saludo a Blasco Ibáñez!) con las que contaban las dos primeras cajas, que llegaron a ser la tercera y la cuarta entidades financieras más grandes del país y con una capitalización muy por encima de los bancos.

El final de toda esta historia está a la vista de todos: Valencia se ha quedado sin sector financiero propio. Las causas también están muy claras: política y finanzas, pocas alabanzas. Sumen a esto la fenomenal especulación inmobiliaria vivida en la Comunitat Valenciana -alentada y favorecida desde el poder político, especialmente con su demencial Ley del Suelo que permitió que surgiesen engendros como Astroc- y la tradicional manera levantina de hacer negocios, y ahí hay un buen libro. Mejor que los de Chirbes. Un libro-reportaje, de esos que escasean en España, igual que los semanarios de información.

Por algo será. Un libro que recuperase que Zaplana, en 2002 y en plena borrachera de ladrillo, llegase a plantear trasladar el aeropuerto de Valencia -actualmente en Manises- a Sagunto, y para ello apelase a criterios de ecología. Afortunadamente no se realizó lo que era otra operación urbanística encubierta -hacer crecer Valencia ciudad hacia el oeste, visto que hacia el sur por la Albufera no se puede-, aunque la noticia llega a decir cosas que causan vergüenza ajena: “Los redactores del proyecto están convencidos de que se pagaría solo. El coste de las expropiaciones y de la construcción de todas las infraestructuras previstas se compensaría con los beneficios del aprovechamiento de los kilómetros de playa liberados. Naturalmente, solo grandes instituciones financieras podrían asumir tales inversiones”.

Ahí está todo resumido, una vez más. Sin embargo, falta una recopilación sistemática donde se juntase todo: como Ryanair está expulsada del aeropuerto de Manises -por seguir con el tema de los aviones-, cómo el PP saca porcentajes de voto por encima del 50% en la región, la corrupción rampante y chulesca de Fabra, el veto a que Ikea se implante en la región…Valencia, para los valencianos. Y sus bancos, para los demás.

Por ejemplo, y para qué vean hasta que punto llega el nivel con el que los valencianos se guisan y se comen ellos solos su paella, está bien recuperar una historia que simplemente se puede calificar de italiana, en su vertiente del sur. Era finales de 2007 el candidato del PSOE en la región dimitía de su cargo por un escándalo de corrupción.

Como lo leen: dimite el de la oposición. Había perdido las elecciones de 2003 y las de 2007 de manera aplastante. No tenía acceso a ningún resorte de poder directo (aunque si local en Denia, el objeto de interés), y sin embargo se descubrió que un constructor le había pagado la reforma de su piso, y fue una reforma de nada menos que 78.000 euros. Que si ya lo iba a pagar, que si de estas cosas se encarga mi mujer…¿Por qué un constructor paga al líder de la oposición sin posibilidad alguna de rascar poder?

Para que todos estuviesen contentos. Para que nadie se quejase. En Valencia todo era un teatrillo, y el dimitido Joan Ignasi Pla hacia su papel a la perfección: tengan en cuenta que en 2006 planteó una moción de censura a Camps, ¡una moción de censura contra un presidente respaldado por mayoría absoluta abrumadora!. Un teatrillo al que Camps acudió hora y media más tarde, para favorecer la representación de que había algo.

Ahora que se está celebrando el juicio por los insulsos trajes de Camps, miren un poco más al fondo y no se queden en lo superficial. Sólo informan de lo menor, porque todos estaban metidos. Y en 2014, en las próximas elecciones locales y regionales, otra mayoría absoluta.

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